Todos los días eran grises cuando el sol resplandecía. Dormía, o a lo sumo leía algo que me terminaba aburriendo, entonces volvía a caer en sueños, hasta que me despertaba sólo para ir a la playa, caminar en la orilla y acostarme allí, para verlo aparecer y protagonizar esa música exclusiva que envidiaban hasta las mismas sirenas.
Por las tardes, aquel reflejo dorado no era más que una simple mancha asombrosa y desagradable sobre un manto de mar. Las gaviotas y demás pajarracos volaban chillando hambrientos entre las nubes de chaparrón que oscurecían y mejoraban la escena.
El club de la tercera edad salía por el muelle, preocupado por los jóvenes que entraban ahogados de embriaguez y se escondían entre los árboles con sus mujerzuelas, vestidas de pecadoras profesionales.
Aquel sol que embellecía mis mañanas, ahora escapaba de una pincelada oscura que le ganaba en tamaño, con ventaja. La arena fría y húmeda amortiguaba la caída de una leve lluvia de verano; y el viento, rebelde, enredaba todo cabello que se interpusiera en su camino y ayudaba a infinitas partículas en la lucha contra miles de miradas perdidas en la nada.
En ese momento, todo, absolutamente todo, se volvía agradable, incluyendo los caracoles desmenuzados que herían mis pies. Estaba todo fríamente planeado para mi encuentro con aquél que sólo veía en la oscuridad, cuando ya no podía observar nada más, sólo la luna llena y él que, como hombre lobo, aparecía entre el azul de la noche y me iluminaba con sus ojos amarillos que me llamaban para, al final, morder el anzuelo y caer en la trampa.