martes, 7 de octubre de 2014
Niña
Estaba en una casa como de religiosos que hablaban del cuerpo todo el tiempo. Yo había llegado ahí con un bulto en el estómago, no quería ir a ningún médico y entré a una casa llena de locos. Ellos me revisaban y me decían que desconocían el absoluto de mi vientre y me sugerían la medicina occidental por si acaso. Les pedí que me dejen quedarme con ellos y accedieron, entonces empecé a parir algo inmenso que nunca terminaba de nacer. Le pedí a una de las mujeres un ajuar de niña, estuve en trabajo de parto horas larguísimas y la niña no nacía. Yo estaba agachada esperando que sucediese. En el dolor pensaba cosas terribles. Pense en que no sabía por qué le había dicho que era una niña si yo ni siquiera sabía lo que estaba por escupir, si nunca había entregádole el sexo a ningún hombre de carne y no podía ser que estuviese por alumbrar un niño o niña de Julio Cortázar, un crío de nombre horrible y apellido Borges. La zona lumbar me azotaba y un hombre me recogía del suelo para sostenerme la cadera, de ambos lados fuertísimamente y me decía ya sé dónde duele. Llegaba la mujer del ajuar con una canasta rosada y un cartel de bienvenida. En la canasta no había nada y el cartel no tenía nombre. La niña no nacía. Nunca.
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