Sueños descalzos caminan sobre cardos, la hiel que mata se respira por doquier, mientras él, cuyo nombre tiene el gusto de la nobleza y el salvajismo de la tierra húmeda, sale, como hace diariamente, a cazar alimañas y pequeños pájaros de rara especie.
Decía él que el arte de las aves se asemeja, en un punto exacto, a la vida de un pobre tipo (como vos, como yo, como él) que se atormenta y sufre, para vivir otro rato firme sobre sus pies. No entendía cómo, pero sabía que tenía razón y le creía. Algo en sus grandes y oscuros ojos me invitaba a seguir oyéndolo.
Me enumeró las razas de pajarracos que había expuestas en su estantería de trofeos, casi como una biblioteca, cada una de ellas tenía cierta información única dentro, que la voz persuasiva de aquel hombre me llevaba a descubrir.
Perdida en el relato me encontré, entonces, con un gran espacio vacío esperando para ser agraciado con otro plumaje diferente. Me cuestioné a mí misma y, casi titubeando, lo puse en palabras.
Entonces buscó un libro, un libro muy grande, con imágenes dibujadas a pluma en color negro sobre sus amarillentas páginas. Me leyó dos o tres párrafos de las características de la especie que debía completar el estante, me dibujó en la cabeza, con sus propias palabras, cómo se debía cazarla y dónde encontrarla. Su sabiduría me encandilaba, había dejado de cazar hace ya mucho tiempo, mas sentía que su genio podía atrapar el ave que quisiese sin dificultad, aunque aquella que él tanto anhelaba seguía libre en su hábitat.
Toma su escopeta de dardos metálicos y la posiciona en su hombro derecho. En su mochila lleva un libro, algunos instrumentos cuya función no logro clasificar, y, colgando de ella, una jaula contráctil de grandes dimensiones. Sus botas sobre el fango dejan huellas con la profundidad de su deseo, huellas que avanzan en dirección norte, el hombre se acerca a su destino.
A lo alto, el sol y una figura que, quizás, sea lo que busca, su último elemento. Un chirrido se hace oir mientras se acerca al blanco, un arma de fuego apunta al claro cielo, su vista enceguecida por el sol pronto se hace nítida y firme, entonces baja sus intenciones.
Me contaba que no fue cobardía, sino una angustia que lo inundó de dolor, y lo seguía haciendo. Aquel jóven pájaro a mitad de vida, al que veneraba y contemplaba cual alteza, lucía débil. Aquel pico, que debía ser fuerte y filoso, apuntaba ahora contra su propio pecho; sus plumas, envejecidas y pesadas, no le permitían volar con la precisión que el libro describía; y sus uñas, gastadas y apretadas, ya no le servían para cazar su alimento.
Era tal el desvelo con el que el viejo cazador me hablaba, que no me causó dificultad alguna asimilar y comprender su relato. Entendí, entonces, el secreto del águila, y el porqué de su semenjanza con la vida misma. Esta criatura vive la mitad de ella llenándola de sueños y cuentos con un aparente final abierto, el águila vive alta en el cielo hasta los treinta años, donde se topa con una decisión de gran auge: vivir, tras un inmenso dolor, o, simplemente, rendirse y morir. Es aquí donde escribe sus últimas líneas, o donde extiende su historia con pasión y vehemencia, y se porta cual deidad digna de admirar.
Cuando ésta toma finalmente el camino de la vida, es ahí cuando rompe su pico y espera a que vuelva a crecer más jóven y fuerte. Con él arranca su plumaje, con el mismo objetivo, y sus uñas, hasta que todo vuelve a crecer para deslumbrar otros treinta años más.
Aquí está la relación, los hombres están en el deber de atravesar ríos revoltosos y lagunas de amarga agua, para volver a renacer cual fénix, y ser más fuertes. Sea cual sea el momento de cada ser, en ese instante donde la cuerda se torna floja, donde el tambaleante suelo nos persigue, donde el fuego nos envuelve o donde el reloj nos corre, es en ese instante donde debemos transformarnos en águilas y superar los obstáculos.
Es así, sólo de esta forma nuestras noches tendrán una luna que las ilumine, y, nuestros inviernos, otro cuerpo que abrazar bajo su haz de luz.
Sonrisas frágiles, lágrimas que pesan detrás de los ojos, cosas que pasan.
domingo, 5 de diciembre de 2010
lunes, 27 de septiembre de 2010
Sobre Huesos (2010)
no mereces mis lágrimas ni mis besos
ni las flores ni sus huesos
no merezco tus rizos
ni el perfume de verano
no merezco tu ignorancia
no nuestra fuerza en vano
no mereces mis lágrimas
¡ni las flores, ni sus huesos!
ni el perfume de verano
ni mil abrazos en invierno
ni besarnos con la luna
o con el sol escuerzo
no mereces mis lágrimas
ni sonrisas ni caricias
no tu ropa en el suelo
no merecemos nada, no merecemos esto
la tierra seca, el cuerpo húmedo
un lirio muerto, un león crespo
ni las flores ni sus huesos
no merezco tus rizos
ni el perfume de verano
no merezco tu ignorancia
no nuestra fuerza en vano
no mereces mis lágrimas
¡ni las flores, ni sus huesos!
ni el perfume de verano
ni mil abrazos en invierno
ni besarnos con la luna
o con el sol escuerzo
no mereces mis lágrimas
ni sonrisas ni caricias
no tu ropa en el suelo
no merecemos nada, no merecemos esto
la tierra seca, el cuerpo húmedo
un lirio muerto, un león crespo
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