sábado, 13 de febrero de 2016
Casa de Abandono
Había mil veces esta casa y vos y yo y el ventilador andando. Había mil veranos. Mosquitos, lagartijas, nosotros, más especies del calor, más sitio que enero. Vos mirabas todo en inocencia y desidia, la carne la cabeza cruda sobre los hombros, la noche jóven y la soledad vieja, el sol saliente y el colchón vacío, mi cuerpo y el de un pichón de cuervo retorcido por el hambre. Yo ocupaba el colchón el día del incendio, me acostaba desnuda e invisible y te preguntaba: dónde llega uno a conciliarse dónde vas a dormir si no es conmigo dónde está el extintor. El fuego subía y en esta casa se apagaba con más fuego, como quien calla hablando de otra cosa o quien sabe leer la música. Y la habitación infierno grande sucumbía sobre sí y se derrumbaba sobre nosotros, sobre tu cara de conformidad con la respuesta. Yo imperturbable como la cómoda la mesa la cama, también consumiéndome entregándome a las llamas, como las tejas estallando contra el piso gritando el nombre que me asignaste: el del verano sin la vereda de sombra, sin ártico sin países nórdicos, sin pregunta; porque en la casa de Abandono se habla del sur, del calor, de lo ya dicho, y se duerme solo y sobre lo único congelado: la palabra. No se tiene remedio para cosas indecibles (y esto quiere explicarse como insentibles) que no se incineran por tener el valor de la basura, no me desperdiciás por amor a todo lo sucio y desamparado (y probablemente porque soy palabra) pero la regla del hogar fue siempre esta: inevitablemente arda y en silencio. Y en llena combustión la recordaba con violencia y sonreía de nuevo entre las brasas realzándose para otro día en Abandono, y con tu mano me abrías la puerta, y con la otra cerrabas el fuego.
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