Hay quienes dicen que todo comienza en el fin del mundo. Y lo creo, como creo en la evolución natural y en el estancamiento, en las bifurcaciones y la palabra. Y escucho estas dicotomías como un zumbido insoportable. La autonomía es necesaria, sí, pero yo amanezco en una soledad que ensordece.
Quien fuera como yo temería al éxito y al progreso como yo les temo, y creería en el fracaso como lo único real en esta vida, pero jamás, y digo jamás como jamás de nuevo le pediría perdón a dios por ser de esta manera, encontraría el parecido entre el error y la victoria: existen cosas indescriptibles. Mi relación con el amparo, por ejemplo, con el abrazo de la noche, la muerte en este mundo vivo, vivísimo.
La luz del día es un insulto para mi ceguera y mis ojos la rechazan con el mismo desprecio. ¿Por qué el atrevimiento de despertar a la humanidad con esperanza? ¿qué sos, sol, y qué soy yo sino la mano del hombre asediando la naturaleza? Tengo que levantarme pronto y desayunar el mal dormir y la compañía que me desarma. ¿Qué puedo emprender hoy para después olvidarlo y dejarlo acumulándose con otros ratos como pedazos de una mujer indescifrable y resentida? Vivir la vida automáticamente, claro, en inerte silencio esperar que suceda para pedir socorro.
Él sigue durmiendo con la tranquilidad inaccesible de un recién nacido, no escuchando el ruido que estoy haciendo para conectarme conmigo y obligarme a comenzar un día fructuoso. Me alzo y escucho la premonición de un buen día como un silbido: hoy voy a proteger mi casa como si hubiera detectado la amenaza afuera, y voy a protegerme con la misma fuerza que aplico para escurrirme de mis propias manos y deshacerme de mí para despertar mañana.