miércoles, 5 de noviembre de 2014

Humo

Tiene un poco de punzante la córnea, mirar la nada. Quiero decir el humo negro del cigarrillo levitando en el brazo del sillón donde me hundo. Del sillón que me aspira del humo que me sofoca como un hilado de alambres en el cuello, un collar de perlas dulces. Me lo arranco y me las trago como una docena de venenos al cuerpo, me las trago al cuerpo. Bueno, no me gusta flagelarme pero siempre digo que es menester cuando se es ciego. Y leo en voz alta todo lo que estoy escribiendo, digo puta malnacida y digo enferma y dejo la palabra latente. Escupo. Me meto los dedos en la boca, casi la mano entera. Hay que poner un poco de orden en la rabia, es que la niña llora y yo convulsiono. El ejercicio de la paz me deprime.
No sé bien la caja musical completa, la bailarina dando vueltas a la máquina. La niña llora y yo nunca tuve una. No llores, mi amor, es que mamá no la puede arreglar ahora, tiene que llevarla al doctor (hay que mentirse un poco para amortiguar el golpe). La cara estampada en llanto contra la cajita de madera petrificada como la muñequita, esa muñequita de mierda parapléjica en la pesadilla. No hay que ser nunca una bailarina de juguete, con la sonrisa en la cara pintada en Pekín por alguien que no sabe jugar, jamás.
Le canto una nana y la arullo, mi niña, mi niña. Tenés que sonreir un poco, a dormir, tenés que dormir, mi niña, a dormir, a dormir. Cuando te despiertes va a girar y vos también, mi amor, vos también.
De todos modos nunca le importa quién es su madre cuando está casi dormida, la soledad se hace tangible cuando se está despierto en una habitación sin cuna fumando un cigarrillo. En silencio quemándose la boca pintada por la infancia, agonizando el cuerpo impenetrable.