El río corría, como nunca, furioso, su fuerza hacía arder el suelo debajo, hacía mover a las mil especies que vivían en paz, arrancando la flora de raíz y arrastrando polvillo que picaba en la piel.
Martino estaba sentado en la orilla, como siempre, con sus pies dentro y la tabaquerita presa de sus incisivos, el libro viejo y de hojas húmedas sobre las piedras, y un par de alpargatas embarradas detrás de su cuerpo, esperando para volver a casa.
Todo le recordaba a todo, el entorno le hablaba, y él respondía. A veces silbando un poco, a veces leyendo algunas páginas de su libro mágico hasta el punto donde perdía el hilo, entonces lo dejaba descansar nuevamente en las piedras.
Se lavaba la cara con el agua sucia y los ojos abiertos, y dolía, se secaba con las muñecas, y dolía. Dolía hasta que el viento entrometido lo secaba con su fuerza y podía volver a ver. Entonces volvía a silbar un poco, leer un poco, mojarse un poco. Sabía que el pamperito no lo abandonaría. Sabía que mientras haga frío y haya río no estaría solo.
Se paraba a estirar las piernas, por unos segundos, pisando el calzado para calentarse los dedos congelados. Cedía y se sentaba, de nuevo, a armar cigarrillos con sedas de vainilla. Fumaba uno, se asqueaba y lanzaba el filtro al río. Volvía a repetirlo, una, dos, cinco veces más. Volvía al libro.
Miraba cómo el río se llevaba todo, bolsitas plásticas, colillas, pequeñas piedras y hasta tristes ramas caídas, ahora sin rumbo. Pensó un segundo y, observando la violencia del río, lo alimentó con el libro.
Le dejó el libro de Borges (que de nada servía ya), los restos de tabaco en su cajita, dos
alpargatas viejas y sucias, el cinturón de cuero desgastado con la rastra de plata y las bombachas rotas de esperar.
Nunca se supo nada más de él, y él nunca supo que el río no era río, sino un llanto que se escondía en los ojos de alguien más.