martes, 19 de septiembre de 2017

otro café

En Recoleta el sol brilla como un animal en celo, y el calor interrumpe la congestión de mis pulmones. Los pájaros chillan una canción absurda, hay camiones y coches y todos hacemos ruido: gritamos viva el amor y la esperanza mientras deseamos que se acabe esta humanidad desastrosa. Nunca llamo las cosas por su nombre, pero él que es tan apto para denominar, llamaría a este día uno más y a mi poema un trastorno psiquiátrico? Sabría definirme justo hoy que estoy sentada en este barrio tan lejos de mi cuerpo? Sé desistir a esas respuestas, recibir mudez y generar silencios, porque todavía no puedo cuestionar cada uno de mis pasos.
Cuando aprendí a mirar para arriba vi mujeres cerrar ventanas y desenredar persianas como uno se desenreda de las cosas que no comprende. Vi cúpulas, pero ninguna de ellas llevaba puesto un vestido, entonces las reinventé semidesnudas. Vi monstruos que nunca supe en qué estilo cabían y me reescribí asumiéndolos míos, y construcciones que existieron cuando ninguno de los dos habíamos nacido. Me pregunto si esto que estoy haciendo valdrá en un futuro lejano como un ejemplo de persona del segundo milenio, creyéndome hoy tan incompleta y encerrada en tiempos de libertad.
El mozo va y viene mientras estoy quietísima en la mesa de la ventana, tengo el presentimiento de que también puede percibir lo que asusta de los ángulos que ignoramos. Asumo que aun así prefiere igual que yo quedarse en el lugar al que pertenece: este bar y esta falta, y mirar adentro de las tazas con melancolía asegurando que alguien alguna vez bebió de la inmensidad que una sola de ellas puede abarcar. Me fuerza a determinar qué voy a querer simulando no saber que el verbo tiene más de un significado y tantas respuestas posibles como preguntas me inundan, y le pido solamente una cosa queriéndolo todo conmigo: un café solo y negro.