Salado, profundo, oscuro: palabras simples para describir un océano como el de hoy, salado, profundo y oscuro. Oscuro sobre todas las cosas, aunque sería iluminado, como todas las noches, por aquel redondo y perfecto claro de luz, aquella luna que, por más lejana, era absolutamente penetrable con la vista.
Un paisaje admirable, un mar salado, profundo y oscuro, una luz intensa, arena fina y fría, tranquilidad y soledad. Soledad interrumpida dulcemente por las olas serenas, abiertas, desnudas, vírgenes.
Una luna calma, tiesa, de bordes esfumados como con dedos de lluvia, yacía ahora en el cielo, redonda y perfecta, sobre un manto profundo y oscuro de agua salada. Se podía inhalar el aire, tan puro como el vacío mismo, me invité a hacerlo, me gustó sentirlo, pero más me gustó soltarlo desde el diafragma.
Solté el aire, solté mi sombrero, mi sobretodo y mi blusa, me descalcé, me liberé de todas mis pieles y sedas, sonreí y volví a mí. Miré mis pies y bailé, épaulement, allégro, révérence, a la orilla. La espuma pronto me sacudió por dentro, el agua me congeló la raíz de las uñas y subió a enfriarme el sexo, luego, un beso frío en el hígado, el pecho, el corazón, la garganta.
Lancé un grito mudo mientras se me enredaba el pelo, me rodeé de corales y algas silvestres, en mis manos se posaron un virus y una sirena, y de mis dedos creció arte.
domingo, 27 de diciembre de 2009
martes, 6 de octubre de 2009
Geoliverium (2009)
Degedos míos
maregean tu vos geomendo,
gendarmado,
mi lamorgecino degenesio.
Me Gerónimo,
mi géroe,
mi geocare con tu corpo magermánico.
Genexo apogeciente,
genociones cidas,
gedando diagendados para la vida,
mi german degeniado.
maregean tu vos geomendo,
gendarmado,
mi lamorgecino degenesio.
Me Gerónimo,
mi géroe,
mi geocare con tu corpo magermánico.
Genexo apogeciente,
genociones cidas,
gedando diagendados para la vida,
mi german degeniado.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Hospes (2009)
Soy huésped
de los actos y el habla,
del cielo;
y vivo
con los pies en la tierra;
y observo dormida;
y escribo
lo que he leído sin mirar,
lo que he escuchado con mis ojos,
lo que, desde sus tumbas,
toda mi vida,
maestros ancestrales me enseñaron,
y en cada obra renazco.
Sin títulos que los respalden,
escriben para mí los versos de Avanti,
los narran con voz ronca,
con su alma y su vida,
lo que son y lo que no,
de forma anónima, todos ellos,
sólo uno, Almafuerte.
de los actos y el habla,
del cielo;
y vivo
con los pies en la tierra;
y observo dormida;
y escribo
lo que he leído sin mirar,
lo que he escuchado con mis ojos,
lo que, desde sus tumbas,
toda mi vida,
maestros ancestrales me enseñaron,
y en cada obra renazco.
Sin títulos que los respalden,
escriben para mí los versos de Avanti,
los narran con voz ronca,
con su alma y su vida,
lo que son y lo que no,
de forma anónima, todos ellos,
sólo uno, Almafuerte.
Elena (2009)
Sus pies colgando libres y desnudos eran dignos de admirar, con sólo observarlos se sabía matemáticamente y con detalle su anatomía.
Estaba cubierta, pero aún así se nos permitía imaginar su piel que sería suave y pálida para algunos aunque para otros, la gran mayoría, no.
Elena, ese era su nombre, no sonaba para nada especial, pero lo era simplemente por pertenecerle a ella. Me acerqué y mis caricias filosas la perturbaron aunque no llegó a mostrar reacción alguna, su cuerpo estaba paralizado, parecía asustada, pero no lo estaba.
Decidí usar otras de mis armas, rocé su cuerpo una, dos, tres veces, la investigué cautelosamente con mis manos hasta el hartazgo.
La frialdad de su piel me indignaba, escondía secretos en ella, secretos que estarían a punto de ser descubiertos por mí y mi curiosa cabecita morbosa.
Comenzaba a sudar cuando, de repente, noté una reacción silenciosa que me abrió los ojos. "Gancedo, María Elena // Lunes 06/09/2009 23:45 // Intoxicación por nitroglicerina seguida de falla cardiovascular // Tomé nota de ello.
Estaba cubierta, pero aún así se nos permitía imaginar su piel que sería suave y pálida para algunos aunque para otros, la gran mayoría, no.
Elena, ese era su nombre, no sonaba para nada especial, pero lo era simplemente por pertenecerle a ella. Me acerqué y mis caricias filosas la perturbaron aunque no llegó a mostrar reacción alguna, su cuerpo estaba paralizado, parecía asustada, pero no lo estaba.
Decidí usar otras de mis armas, rocé su cuerpo una, dos, tres veces, la investigué cautelosamente con mis manos hasta el hartazgo.
La frialdad de su piel me indignaba, escondía secretos en ella, secretos que estarían a punto de ser descubiertos por mí y mi curiosa cabecita morbosa.
Comenzaba a sudar cuando, de repente, noté una reacción silenciosa que me abrió los ojos. "Gancedo, María Elena // Lunes 06/09/2009 23:45 // Intoxicación por nitroglicerina seguida de falla cardiovascular // Tomé nota de ello.
miércoles, 12 de agosto de 2009
La hija del mar (2009)
Despegaba sus pies de la arena fría y suave para dar el siguiente paso, se sentía ansioso pero, aún así, disfrutaba su caminar lento y táctil, estratégico, aquellos pasos seguían las flechas del plan. Estaba aprovechando su primer y último momento para admirar la belleza sutil de la luna que solía ser imperceptible a sus ojos pero, ahora, lo obligaba a quedarse para siempre en ese estado de estimación total.
Catriel llegó finalmente a la línea de espuma que lo llevaría a su destino infinito, aquella perla gigantesca lo continuaba vigilando sigilosamente desde allá arriba. Las raíces de su cuerpo se comenzaban a desprender de aquél manto silíceo para penetrar las aún no profundas aguas del mar. Su corazón bombeó despacio por un momento, aquellas cicatrices iban a por fin cerrarse, para siempre, y nada le causó más felicidad en toda su vida.
El viento y la salinidad del mar en su pecho le ardían, sus heridas se abrasaban tan dolorosa y placenteramente. El amor que aquél ingenuo Catriel había alguna vez sentido por esa hija del mar, estaba ahora retornando en su ser y, ya abajo, se reencontró finalmente con su Ligeia.
Ella doncella del océano y él hermano de la brisa y la tierra, juntos formando la fantasía más carente de cordura de la historia de sus vidas y de todas las demás, bailando como el fuego en el agua, sacando chispas de sus cuerpos escamados en un tono neutral. Eliminando toda posibilidad de manejar el tiempo, eternamente juntos estaban Ligeia y Catriel, rodeados de un banco de peces, más bien estrellas, que sólo adornaban aquella locura de amor.
Sirena danzante ¿Cuándo dejaría de bailar de esa forma? Envolvente, lo sedujo hasta la fosa más profunda y oscura de los siete mares. Apnea, corazón callado.
Catriel llegó finalmente a la línea de espuma que lo llevaría a su destino infinito, aquella perla gigantesca lo continuaba vigilando sigilosamente desde allá arriba. Las raíces de su cuerpo se comenzaban a desprender de aquél manto silíceo para penetrar las aún no profundas aguas del mar. Su corazón bombeó despacio por un momento, aquellas cicatrices iban a por fin cerrarse, para siempre, y nada le causó más felicidad en toda su vida.
El viento y la salinidad del mar en su pecho le ardían, sus heridas se abrasaban tan dolorosa y placenteramente. El amor que aquél ingenuo Catriel había alguna vez sentido por esa hija del mar, estaba ahora retornando en su ser y, ya abajo, se reencontró finalmente con su Ligeia.
Ella doncella del océano y él hermano de la brisa y la tierra, juntos formando la fantasía más carente de cordura de la historia de sus vidas y de todas las demás, bailando como el fuego en el agua, sacando chispas de sus cuerpos escamados en un tono neutral. Eliminando toda posibilidad de manejar el tiempo, eternamente juntos estaban Ligeia y Catriel, rodeados de un banco de peces, más bien estrellas, que sólo adornaban aquella locura de amor.
Sirena danzante ¿Cuándo dejaría de bailar de esa forma? Envolvente, lo sedujo hasta la fosa más profunda y oscura de los siete mares. Apnea, corazón callado.
martes, 28 de julio de 2009
Céfiro (2009)
Jacinta, toma mi mano y sigue bailando, que no te quite la vista la luz del sol, es sólo un disco de oro y flores, ornamento de tu rostro, sólo lo hacen ver más hermoso. Quita ese paño de tus ojos ciegos, que esos rayos no hieren más de lo que yo te amo, quita ese paño de tus ojos, que el corazón no siente.
Mis alas, vuela con la música, que aún es primavera y dejará de serlo cuando termines tu pieza. Danza, no dejes caer a la lluvia, no dejes que mis alas se apaguen, que el agua me arrastre, que el suelo me trague, no creerás los juegos que aún nos quedan por compartir.
Aférrate a mi espalda. Aférrate segura, lepidóptera, que juntos somos azules como los cristales del río. Jacinta, hazlo, no quieras que el polen mate a las flores, no quieras que no haya viento del oeste, ¿Por qué no oyes? ¿Por qué somos extraños si mi amor es fuerte?
Siempre temblando, no temas, no huyas de mí, acércate y te mostraré el camino, estás en la dirección equivocada. No lo sigas, es sólo un pigmento áurico, no serás eterna a su lado, por favor, que en tu ausencia trato de volar y caigo, y me siento tan pequeño, Jacinta.
Al oler una flor me hundo en nada, ya no siento fragancia alguna, sólo tu perfume que penetra mis sentidos sin siquiera tenerte cerca. Jacinta, tu bienestar está asegurado aquí, cambiar de aires no es lo indispensable, dame tu beso infinito, sólo eso pido.
Levántame del suelo, nadie más puede hacerlo, sólo tú puedes pagar mi rescate. Jacinta, baila, que comienzan a llover mis ojos y tu gracia los mantiene en pie, la lluvia, la lluvia me quema la piel como ácido, me impide esfumarme en el aire y estoy cayendo de forma abismal.
Cae conmigo, Jacinta, mi plumaje dañado ve como golpean las cerdas de oro contra tus pétalos violáceos, desde la tierra fría. Cae, aquí te espero.
Mis alas, vuela con la música, que aún es primavera y dejará de serlo cuando termines tu pieza. Danza, no dejes caer a la lluvia, no dejes que mis alas se apaguen, que el agua me arrastre, que el suelo me trague, no creerás los juegos que aún nos quedan por compartir.
Aférrate a mi espalda. Aférrate segura, lepidóptera, que juntos somos azules como los cristales del río. Jacinta, hazlo, no quieras que el polen mate a las flores, no quieras que no haya viento del oeste, ¿Por qué no oyes? ¿Por qué somos extraños si mi amor es fuerte?
Siempre temblando, no temas, no huyas de mí, acércate y te mostraré el camino, estás en la dirección equivocada. No lo sigas, es sólo un pigmento áurico, no serás eterna a su lado, por favor, que en tu ausencia trato de volar y caigo, y me siento tan pequeño, Jacinta.
Al oler una flor me hundo en nada, ya no siento fragancia alguna, sólo tu perfume que penetra mis sentidos sin siquiera tenerte cerca. Jacinta, tu bienestar está asegurado aquí, cambiar de aires no es lo indispensable, dame tu beso infinito, sólo eso pido.
Levántame del suelo, nadie más puede hacerlo, sólo tú puedes pagar mi rescate. Jacinta, baila, que comienzan a llover mis ojos y tu gracia los mantiene en pie, la lluvia, la lluvia me quema la piel como ácido, me impide esfumarme en el aire y estoy cayendo de forma abismal.
Cae conmigo, Jacinta, mi plumaje dañado ve como golpean las cerdas de oro contra tus pétalos violáceos, desde la tierra fría. Cae, aquí te espero.
lunes, 13 de julio de 2009
Endimión (2009)
Todo se veía lindo y suave cuando el sol aparecía entre la oscuridad para encender el vacío de la noche. Se paraba ahí a iluminar el panorama, le fascinaba encontrar destellantes a las hojas de otoño, primavera, verano.
Ella ya sabía que durante el amanecer, se iban a tornasolar las gotas de rocío que, por las noches, huían frías del verde pradera. Aquél verde que momificaba a las criaturas que jugueteaban por ahí, tomando el control de la libertad y de la vida en su mayor expresión, haciendo quedar como completos inútiles a los representantes de la fauna y siendo la flora la reina de la tarde.
Selene esperaba, sentada en su rincón, ese momento. Era su momento favorito del día, era el mejor momento para el té, el cielo estaba claro y nítido, y brillaba, y había tanta luz que se notaba el destello diurno. Una tacita de porcelana y una flor, agua y hebras y otra flor ¿Cómo sería una tarde de té sin esos girasoles? ¿Cómo serían los girasoles sin el sol? El mundo es feo, lo que lo embellece es el sol.
Aunque nunca llegó a esa conclusión de pie, probablemente en otra realidad lo haya hecho, porque cuando despertó, ya no había ningún sol. Entonces miró el cielo.
Todo absolutamente estaba oscuro, el horizonte estaba inconcluso y su visión se perdía a la deriva. Una pared negra le bloqueaba su mirar al sol, su mente sacó una fotografía que recordaría para siempre como el día más triste de su vida. No había girasoles sin sol, no había té sin flores, no había Selene.
Encerrada en su desesperación, revoloteó por el césped buscando luz, hurgó en los huecos de los árboles, buscó vida en alguna parte, pero no hubo caso: se encontraba sola en esa eterna oscuridad. Pensó que, quizás, ese repentino caos lumínico era producto de un sueño, que era todo un invento, que aún seguía durmiendo. Se pellizcó, estaba despierta.
Por primera vez buscó ayuda en el cielo, más infinito que nunca. Lo observó con detenimiento un rato, no había respuesta, seguía uniformemente negro, como todo lo demás. Ya no podía ver, pero ¿Qué tal? Aún podía sentir. Si es que en verdad había algo que sentir.
Esperó sentada una hora, dos, tres, sin sentir nada. Sólo caricias del viento, su único amigo en aquella situación. El viento que la despeinaba divertido, le confiaba secretos al oído y le cantaba melodías únicas e irrepetibles. En su charla, ambos, se iban de tema y caían en sueños pues ya no había nada más que hacer.
Selene despertó golpeada por una refracción cegadora, había dormido casi doce horas, miró su reloj y corrió, no iba a defraudar a su juego de té. Se sentó en su sitio y trató de sentir el viento otra vez, pero le fue imposible, los rayos punzantes la incomodaban y distraían, el ruido excesivo de luz la obligaba a mirar dónde pisar, qué tocar, ya le resultaban desagradables y sucios los profundos hoyos de los jacarandaes que abundaban. Dejó pasar el ya frío té y se acostó a dormir, ahora tenía algo que soñar y echar de menos.
Ella ya sabía que durante el amanecer, se iban a tornasolar las gotas de rocío que, por las noches, huían frías del verde pradera. Aquél verde que momificaba a las criaturas que jugueteaban por ahí, tomando el control de la libertad y de la vida en su mayor expresión, haciendo quedar como completos inútiles a los representantes de la fauna y siendo la flora la reina de la tarde.
Selene esperaba, sentada en su rincón, ese momento. Era su momento favorito del día, era el mejor momento para el té, el cielo estaba claro y nítido, y brillaba, y había tanta luz que se notaba el destello diurno. Una tacita de porcelana y una flor, agua y hebras y otra flor ¿Cómo sería una tarde de té sin esos girasoles? ¿Cómo serían los girasoles sin el sol? El mundo es feo, lo que lo embellece es el sol.
Aunque nunca llegó a esa conclusión de pie, probablemente en otra realidad lo haya hecho, porque cuando despertó, ya no había ningún sol. Entonces miró el cielo.
Todo absolutamente estaba oscuro, el horizonte estaba inconcluso y su visión se perdía a la deriva. Una pared negra le bloqueaba su mirar al sol, su mente sacó una fotografía que recordaría para siempre como el día más triste de su vida. No había girasoles sin sol, no había té sin flores, no había Selene.
Encerrada en su desesperación, revoloteó por el césped buscando luz, hurgó en los huecos de los árboles, buscó vida en alguna parte, pero no hubo caso: se encontraba sola en esa eterna oscuridad. Pensó que, quizás, ese repentino caos lumínico era producto de un sueño, que era todo un invento, que aún seguía durmiendo. Se pellizcó, estaba despierta.
Por primera vez buscó ayuda en el cielo, más infinito que nunca. Lo observó con detenimiento un rato, no había respuesta, seguía uniformemente negro, como todo lo demás. Ya no podía ver, pero ¿Qué tal? Aún podía sentir. Si es que en verdad había algo que sentir.
Esperó sentada una hora, dos, tres, sin sentir nada. Sólo caricias del viento, su único amigo en aquella situación. El viento que la despeinaba divertido, le confiaba secretos al oído y le cantaba melodías únicas e irrepetibles. En su charla, ambos, se iban de tema y caían en sueños pues ya no había nada más que hacer.
Selene despertó golpeada por una refracción cegadora, había dormido casi doce horas, miró su reloj y corrió, no iba a defraudar a su juego de té. Se sentó en su sitio y trató de sentir el viento otra vez, pero le fue imposible, los rayos punzantes la incomodaban y distraían, el ruido excesivo de luz la obligaba a mirar dónde pisar, qué tocar, ya le resultaban desagradables y sucios los profundos hoyos de los jacarandaes que abundaban. Dejó pasar el ya frío té y se acostó a dormir, ahora tenía algo que soñar y echar de menos.
jueves, 25 de junio de 2009
El Anzuelo (2009)
Todos los días eran grises cuando el sol resplandecía. Dormía, o a lo sumo leía algo que me terminaba aburriendo, entonces volvía a caer en sueños, hasta que me despertaba sólo para ir a la playa, caminar en la orilla y acostarme allí, para verlo aparecer y protagonizar esa música exclusiva que envidiaban hasta las mismas sirenas.
Por las tardes, aquel reflejo dorado no era más que una simple mancha asombrosa y desagradable sobre un manto de mar. Las gaviotas y demás pajarracos volaban chillando hambrientos entre las nubes de chaparrón que oscurecían y mejoraban la escena.
El club de la tercera edad salía por el muelle, preocupado por los jóvenes que entraban ahogados de embriaguez y se escondían entre los árboles con sus mujerzuelas, vestidas de pecadoras profesionales.
Aquel sol que embellecía mis mañanas, ahora escapaba de una pincelada oscura que le ganaba en tamaño, con ventaja. La arena fría y húmeda amortiguaba la caída de una leve lluvia de verano; y el viento, rebelde, enredaba todo cabello que se interpusiera en su camino y ayudaba a infinitas partículas en la lucha contra miles de miradas perdidas en la nada.
En ese momento, todo, absolutamente todo, se volvía agradable, incluyendo los caracoles desmenuzados que herían mis pies. Estaba todo fríamente planeado para mi encuentro con aquél que sólo veía en la oscuridad, cuando ya no podía observar nada más, sólo la luna llena y él que, como hombre lobo, aparecía entre el azul de la noche y me iluminaba con sus ojos amarillos que me llamaban para, al final, morder el anzuelo y caer en la trampa.
Por las tardes, aquel reflejo dorado no era más que una simple mancha asombrosa y desagradable sobre un manto de mar. Las gaviotas y demás pajarracos volaban chillando hambrientos entre las nubes de chaparrón que oscurecían y mejoraban la escena.
El club de la tercera edad salía por el muelle, preocupado por los jóvenes que entraban ahogados de embriaguez y se escondían entre los árboles con sus mujerzuelas, vestidas de pecadoras profesionales.
Aquel sol que embellecía mis mañanas, ahora escapaba de una pincelada oscura que le ganaba en tamaño, con ventaja. La arena fría y húmeda amortiguaba la caída de una leve lluvia de verano; y el viento, rebelde, enredaba todo cabello que se interpusiera en su camino y ayudaba a infinitas partículas en la lucha contra miles de miradas perdidas en la nada.
En ese momento, todo, absolutamente todo, se volvía agradable, incluyendo los caracoles desmenuzados que herían mis pies. Estaba todo fríamente planeado para mi encuentro con aquél que sólo veía en la oscuridad, cuando ya no podía observar nada más, sólo la luna llena y él que, como hombre lobo, aparecía entre el azul de la noche y me iluminaba con sus ojos amarillos que me llamaban para, al final, morder el anzuelo y caer en la trampa.
jueves, 4 de junio de 2009
Entre Caníbales (2009)
Inspirado en la pintura Retrato Imaginario de Brigitte Bardot (1962), de Antonio Saura.
Ahora estaba atada, encadenada y perdida entre caníbales deseosos de mi carne, danzando salvajes. Y yo atenta a sus movimientos, pero sin miedo: el más hambriento de ellos se abstenía de su presa.
Aún no entendía cómo había llegado ahí, tampoco por qué mi sangre corría ligera y nada la detenía. Naturalmente él podía percibirla, sólo eso le era necesario para acercarse a mí, y alejarse. Fue mi esencia, la que paralizó a la bestia, la misma que lo atrajo, la misma sangre, y nada nos detuvo.
Ahora le estaba dando el pie para seguir, tomate tu tiempo en desmenuzarme, gritaron mis párpados. Y dio un paso adelante.
Algo ocultaba en esos feroces dientes, en ese cabello salvajemente despeinado, en ese tórax varonil, algo oculto había en su latente corazón delator. Pero no quería descubrirlo, aquel secreto no era de vital importancia.
Ahora no me faltaba nada, nada tenía y todo me sobraba, todos nuestros cuerpos eran nuestros, suya y mío, nuestros y de nadie más, nuestro amor famélico no lo permitía y nuestras cabezas, ¡Pobres primates!, no lo querían.
Y así estábamos, entre caníbales, sólo mirándonos, con eso nos bastaba para degustarnos, a través de sus ojos corría mi sangre celeste. Y el odio, y el hambre, y esa escena monstruosa se metieron en mí, y, atravesando mis venas, fueron directo a detonar el corazón.
Ahora estaba atada, encadenada y perdida entre caníbales deseosos de mi carne, danzando salvajes. Y yo atenta a sus movimientos, pero sin miedo: el más hambriento de ellos se abstenía de su presa.
Aún no entendía cómo había llegado ahí, tampoco por qué mi sangre corría ligera y nada la detenía. Naturalmente él podía percibirla, sólo eso le era necesario para acercarse a mí, y alejarse. Fue mi esencia, la que paralizó a la bestia, la misma que lo atrajo, la misma sangre, y nada nos detuvo.
Ahora le estaba dando el pie para seguir, tomate tu tiempo en desmenuzarme, gritaron mis párpados. Y dio un paso adelante.
Algo ocultaba en esos feroces dientes, en ese cabello salvajemente despeinado, en ese tórax varonil, algo oculto había en su latente corazón delator. Pero no quería descubrirlo, aquel secreto no era de vital importancia.
Ahora no me faltaba nada, nada tenía y todo me sobraba, todos nuestros cuerpos eran nuestros, suya y mío, nuestros y de nadie más, nuestro amor famélico no lo permitía y nuestras cabezas, ¡Pobres primates!, no lo querían.
Y así estábamos, entre caníbales, sólo mirándonos, con eso nos bastaba para degustarnos, a través de sus ojos corría mi sangre celeste. Y el odio, y el hambre, y esa escena monstruosa se metieron en mí, y, atravesando mis venas, fueron directo a detonar el corazón.
miércoles, 25 de febrero de 2009
Drugstar (2008)
Inspirado en la película basada en hechos reales Blow (2001), dirigida por Ted Demme.
Rejas, entre cada una hay veintitrés centímetros, excepto entre la octava y la novena, ahí hay diecisiete; en total son veintiuna, sin contar las de la puerta, que ya debe estar oxidada de tanto estar cerrada.
Números, ¿Acaso abarcan todo?, a la gente sólo les importa eso: "¿Cuántos años tenés?", "¿Hace cuánto que fumás?", "¿Cuánto dinero ganás?", ya no alcanza lo que verdaderamente importa, uno podría decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente" y nadie se la imaginaría... Deberíamos decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente cuyo precio es de ciento treinta mil dólares", y recién ahí admirarían su belleza.
En 1994, sentenciado a treinta años de prisión, Kristina Sunshine era muy pequeña (de hecho, para mí lo sigue siendo). En fin, los números me condujeron hasta acá, los números em van a sacar.
Desde pibe lo supe, seis de agosto de 1942, ese día arruinó mi vida, ese día comenzó y a la vez terminó. Mis padres, como agua y aceite:
Papá trabajaba para hacer feliz a Mamá, Mamá mandaba a Papá a trabajar. Ella chillaba de nervios, él tenía tres empleos, yo estorbaba. Massachusetts no era lo mismo, terminé la secundaria, como casi nadie lo hacía en aquella época, y marqué territorio en Miami Beach.
El verde abundaba, dólares, miles y millones; Mamá orgullosa, Papá indiferente.
En mi mejor momento caí en una suerte de pozo sin fondo, perdería a la única persona que amé realmente, además, en un segundo plano, me encerraron, por primera vez.
Huí y compartí con ella sus últimos días. Estuve solo, mis colegas habían desaparecido así que volví a casa. Papá me recibió con un Jack Daniels (su whiskey predilecto) y un abrazo fuerte, Mamá telefoneó al 911.
Años en prisión me ayudaron a reflexionar, pero en mi último mes en tal calvario, conocí a Pablo, un mágico (así los llaman en Colombia). Me abrió los ojos, después de todo ¿Cómo sobreviviría sin The Business? Peor aún, con antecedentes semejantes encima.
Salí y me uní al Cartel, ahora nevaba, aún en Bogotá. Pablo me llevó a la cima, tanto que bajé al resto. Nació Kristina Sunshine Jung con la misma mirada de la mujer del Boss, no era casualidad. Dejé de ser el Americano para reemplazarlo, mis contactos eran más fuertes que los suyos, al igual que mi carácter e ingenio.
Tras una emboscada, me retiré definitivamente del oficio, no podía criar a una nena en esas circunstancias, pero las cosas empeoraron: Ella chillaba de nervios, Yo tená tres empleos y Kristina estorbaba. Sufría, ahora entendía al viejo: quería pasar más tiempo conmigo, al igual que yo con ella.
Hice un último trabajo, me ensucié las manos por última vez, quería viajar con ella a California. Uno de los míos me entregó, en el '94; hasta ahora y más, (si llego a los setenta y dos) en el 2015 voy a salir, setenta y dos es poco, pero a la vez, poco probable.
"Some people are Movie Stars, some people are Rock Stars... I am a Drug Star."
Rejas, entre cada una hay veintitrés centímetros, excepto entre la octava y la novena, ahí hay diecisiete; en total son veintiuna, sin contar las de la puerta, que ya debe estar oxidada de tanto estar cerrada.
Números, ¿Acaso abarcan todo?, a la gente sólo les importa eso: "¿Cuántos años tenés?", "¿Hace cuánto que fumás?", "¿Cuánto dinero ganás?", ya no alcanza lo que verdaderamente importa, uno podría decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente" y nadie se la imaginaría... Deberíamos decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente cuyo precio es de ciento treinta mil dólares", y recién ahí admirarían su belleza.
En 1994, sentenciado a treinta años de prisión, Kristina Sunshine era muy pequeña (de hecho, para mí lo sigue siendo). En fin, los números me condujeron hasta acá, los números em van a sacar.
Desde pibe lo supe, seis de agosto de 1942, ese día arruinó mi vida, ese día comenzó y a la vez terminó. Mis padres, como agua y aceite:
Papá trabajaba para hacer feliz a Mamá, Mamá mandaba a Papá a trabajar. Ella chillaba de nervios, él tenía tres empleos, yo estorbaba. Massachusetts no era lo mismo, terminé la secundaria, como casi nadie lo hacía en aquella época, y marqué territorio en Miami Beach.
El verde abundaba, dólares, miles y millones; Mamá orgullosa, Papá indiferente.
En mi mejor momento caí en una suerte de pozo sin fondo, perdería a la única persona que amé realmente, además, en un segundo plano, me encerraron, por primera vez.
Huí y compartí con ella sus últimos días. Estuve solo, mis colegas habían desaparecido así que volví a casa. Papá me recibió con un Jack Daniels (su whiskey predilecto) y un abrazo fuerte, Mamá telefoneó al 911.
Años en prisión me ayudaron a reflexionar, pero en mi último mes en tal calvario, conocí a Pablo, un mágico (así los llaman en Colombia). Me abrió los ojos, después de todo ¿Cómo sobreviviría sin The Business? Peor aún, con antecedentes semejantes encima.
Salí y me uní al Cartel, ahora nevaba, aún en Bogotá. Pablo me llevó a la cima, tanto que bajé al resto. Nació Kristina Sunshine Jung con la misma mirada de la mujer del Boss, no era casualidad. Dejé de ser el Americano para reemplazarlo, mis contactos eran más fuertes que los suyos, al igual que mi carácter e ingenio.
Tras una emboscada, me retiré definitivamente del oficio, no podía criar a una nena en esas circunstancias, pero las cosas empeoraron: Ella chillaba de nervios, Yo tená tres empleos y Kristina estorbaba. Sufría, ahora entendía al viejo: quería pasar más tiempo conmigo, al igual que yo con ella.
Hice un último trabajo, me ensucié las manos por última vez, quería viajar con ella a California. Uno de los míos me entregó, en el '94; hasta ahora y más, (si llego a los setenta y dos) en el 2015 voy a salir, setenta y dos es poco, pero a la vez, poco probable.
"Some people are Movie Stars, some people are Rock Stars... I am a Drug Star."
Mente (2008)
El cielo estaba tan cercano, alzaba mi mano y mis dedos abrían suavemente las nubes, sentía como una tela de araña, brillante, abundante, suave, que al atravesarla con mis yemas, con un mínimo movimiento, me llevaba a otro cielo, aún mejor y más alto, más celeste y grande, más lindo. Miraba hacia abajo y me extrañaban tantas cosas, ¡Todo se veía tan pequeño!, veía las callecitas angostas que se ensanchaban al cruzar la General Paz, nunca lo había notado, debe estar bueno tener un rascacielos para observar tales detalles, los perros parecían cucarachitas, las cucarachas, hormigas, las hormigas, partículas subatómicas, y pensar que hay tantas y ni se ven las pobres. Cuando uno mira el cielo desde la tierra, un día de enero como hoy, ve un celeste hermoso y perfecto, las nubes delineadas de un blanco perfecto, el sol desparramando colores y luz, todo perfecto, pero, cuando uno ve la tierra desde acá arriba ¡Dígame que se imagina lo lindo que es! Todo chiquitito, imagínese, cuando Usted ve a un niño pequeño seguramente se le escapa el corazón del pecho, ¿No es así? Imagínese ver todo un mundo pequeño, ni con un avión se podría ver todo junto, y con esta perspectiva... ¡Y aún me faltaban kilómetros por subir! Ay, yo me imaginaba una esfera redondita, como una canica o una perla quizás, azul y verde, o quizás más blanquecina, por las nubes, sobre un fondo azul muy oscuro como el cielo de noche del campo, que brilla más que ningún otro, ¡Y estaba en lo cierto, pero no sabía la intensidad de la cosa! El cielo, ¡Nunca vi belleza semejante! oscuro como la noche, aunque fuera de tarde, de noche, de mañana, oscuro, oscuro como un diamante negro, ¡Un diamante en bruto! Pero se me terminó la función, ahora veo todo más feo ¡Más feo que cuando estaba en pie aún! Miro hacia arriba, tierra, izquierda, tierra, derecha, tierra, abajo, tierra ¡Tierra, tierra, tierra! Supongo que el que juzga es justo, y por eso juzga, y por eso nos manda acá o allá, ¡Maldita seas, divina justicia!
Non Pacific (2008)
Inspirado en la canción Non Violence (2008), creada por Gonzalo "Milhouse" Palacios.
La marea subía por las noches, calma, no se veía afectada por el viento, que soplaba fuerte contra las velas del Non Violence; una música se proyectaba contra ellas, delicada, pero aún así, Ella la creía un chillido de la naturaleza en altamar. Los agudos de las gaviotas madrugueras complementaban la dulce canción, y sus órdenes de comando la hacían sonar aún más expresiva y melodiosa. Él hasta sudaba por su humilde cantar, y por los rayos que el sol echaba como lanzas a su espalda, Ella lo miraba fijo, y las lanzas se clavaban en sus ojos, reflejándolos como dos diamantes azules subacuáticos, que sólo eran un par de ojos grises para Él. Ella no oía la música que creaba al ordenar dirigirse a babor, con ayuda de la brisa oceánica, y Él no veía cómo el sol penetraba el iris claro de sus ojos.
Y no había un destino, ni un punto de partida: sólo un viaje; no había un algo en común: sólo un navío con velas y una botella de ron a medio tomar; no había, tampoco, sentimientos encontrados, ni historias por contar: sólo un escape de la justicia y la ciudad. No eran piratas, pero sí foragidos; No eran prófugos, pero sí escapaban de un pasado secreto para el otro.
No creían en el amor en sí, pero sabían con certeza que esa era la solucion a cualquier problema que se presentase en el mundo. Ambos sabían la respuesta al sueño de un pensador o músico, del sueño de una escritora o artista plástica, de cambiar al mundo: el amor. Aquel amor que los inspiraba a todo lo que hacían, pero nunca habían experimentado, que era confuso, y a veces hasta erróneo, aquel amor que era inconfundible.
El sentimiento más terrorífico que habían sentido al verse, el temor que Ella sintió al rozar su piel aquél verano en el Pacífico que le impedía escuchar la maravillosa música que su voz proyectaba contra sus ojos, que los hacían brillar como perlas y que Él no veía, porque estaba aterrorizado desde que acarició su pelo a la luz de la gran luna que se reflejaba en el océano. El susto que se pegaron esa noche en el Non Violence, juntos, que les dió miedo, un miedo nuevo que nunca habían sentido ni en sus corazones ni en sus cuerpos, y que aquella primera vez habían conocido.
Sus ojos brillaron y Él lo notó por primera vez, gritó -¡Tierra!- y Ella lo escuchó cantar; y el viaje había terminado, junto con el ron y el escape. El continente los alejó, pero siempre tuvieron miedo del retorno del otro.
La marea subía por las noches, calma, no se veía afectada por el viento, que soplaba fuerte contra las velas del Non Violence; una música se proyectaba contra ellas, delicada, pero aún así, Ella la creía un chillido de la naturaleza en altamar. Los agudos de las gaviotas madrugueras complementaban la dulce canción, y sus órdenes de comando la hacían sonar aún más expresiva y melodiosa. Él hasta sudaba por su humilde cantar, y por los rayos que el sol echaba como lanzas a su espalda, Ella lo miraba fijo, y las lanzas se clavaban en sus ojos, reflejándolos como dos diamantes azules subacuáticos, que sólo eran un par de ojos grises para Él. Ella no oía la música que creaba al ordenar dirigirse a babor, con ayuda de la brisa oceánica, y Él no veía cómo el sol penetraba el iris claro de sus ojos.
Y no había un destino, ni un punto de partida: sólo un viaje; no había un algo en común: sólo un navío con velas y una botella de ron a medio tomar; no había, tampoco, sentimientos encontrados, ni historias por contar: sólo un escape de la justicia y la ciudad. No eran piratas, pero sí foragidos; No eran prófugos, pero sí escapaban de un pasado secreto para el otro.
No creían en el amor en sí, pero sabían con certeza que esa era la solucion a cualquier problema que se presentase en el mundo. Ambos sabían la respuesta al sueño de un pensador o músico, del sueño de una escritora o artista plástica, de cambiar al mundo: el amor. Aquel amor que los inspiraba a todo lo que hacían, pero nunca habían experimentado, que era confuso, y a veces hasta erróneo, aquel amor que era inconfundible.
El sentimiento más terrorífico que habían sentido al verse, el temor que Ella sintió al rozar su piel aquél verano en el Pacífico que le impedía escuchar la maravillosa música que su voz proyectaba contra sus ojos, que los hacían brillar como perlas y que Él no veía, porque estaba aterrorizado desde que acarició su pelo a la luz de la gran luna que se reflejaba en el océano. El susto que se pegaron esa noche en el Non Violence, juntos, que les dió miedo, un miedo nuevo que nunca habían sentido ni en sus corazones ni en sus cuerpos, y que aquella primera vez habían conocido.
Sus ojos brillaron y Él lo notó por primera vez, gritó -¡Tierra!- y Ella lo escuchó cantar; y el viaje había terminado, junto con el ron y el escape. El continente los alejó, pero siempre tuvieron miedo del retorno del otro.
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