lunes, 1 de septiembre de 2014

Suspensión del miedo

La mira, y lo hace muy bien. Pies delgados, lastimados, uñas firmes, la frazada de lana gruesa como de una abuela y las manos en el libro. Por favor no lo cierres, no me cierres. Y le hace caricias en la cara húmeda y le dice no te vayas, nunca más te hago esto, perdoname, no me cierres. Y la mira en silencio. Le cuenta de Amadís de no sé dónde que no importa, de Sheherazade mil noches como esa. La enreda como a Alicia pero no salgas. Se busca las manos y no se las encuentra, la toca como puede. Le dice en silencio todo eso y es suficiente porque no lo está escuchando: lee concentradísima. La peina y la viste, la lleva como de paseo. Se queda dormida con con el libro en el regazo, casi sentada. Mejor así porque cerrado vas a tener miedo siempre, imbécil. Barre los vidros del piso, con un soplido hace un cristal de la ventana rota y es el día.

Del miedo

Se hace de noche. Acostada en la cama le duele la compañía, se vuelve: en la otra plaza no hay nadie. Piensa en canciones por si las pesadillas. Es libre, cierra los ojos y vuelven los monstruos. Se levanta descalza. Corre a la puerta y se encierra, llama a gritos a la madre que no tiene. Se le revuelve el estómago, llora las contracciones. Se escucha un vidrio romperse, el viento le grita por la ventana, la insulta. Se arranca el pelo que se le está volando, se arrodilla, tiembla. Llora y las lágrimas tibias como sangre, las seca y se mira las manos: tiene los dedos casi petrificados, pero limpios. Se encuentra en su cabeza, se pide a sí misma que por favor se calme, por favor calmate. Inhala, mira por la ventana rota. Vuelve cuidadosa a la cama, se tapa mientras mira el parqué sucio y la ventada estallada. Exhala el aire exagerada, llora de nuevo. Saca un libro del cajón de la mesa de luz, prende un velador que despierta a alguien y se voltea a mirarla.