La mira, y lo hace muy bien. Pies delgados, lastimados, uñas firmes, la frazada de lana gruesa como de una abuela y las manos en el libro. Por favor no lo cierres, no me cierres. Y le hace caricias en la cara húmeda y le dice no te vayas, nunca más te hago esto, perdoname, no me cierres. Y la mira en silencio. Le cuenta de Amadís de no sé dónde que no importa, de Sheherazade mil noches como esa. La enreda como a Alicia pero no salgas. Se busca las manos y no se las encuentra, la toca como puede. Le dice en silencio todo eso y es suficiente porque no lo está escuchando: lee concentradísima. La peina y la viste, la lleva como de paseo. Se queda dormida con con el libro en el regazo, casi sentada. Mejor así porque cerrado vas a tener miedo siempre, imbécil. Barre los vidros del piso, con un soplido hace un cristal de la ventana rota y es el día.
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