sábado, 2 de julio de 2016

Yacimiento

Duele levantarse en el desentendimiento, en el reconocimiento del error que yace donde quiera que yazca recreándome atravesada con los caninos acuchillados en la garganta. Hay una contrariedad subyugada en la mañana del despojo. Levantarse, de nuevo, erguido parecería lujo de unos pocos homínidos suertudos que considerarían día sábado al tiempo nunca, que quedó hundido, más hundido que otros tiempos fósiles. Este bípedo hembra tiene una lanza entre los ojos y los dientes afilados hacia la palabra, como si morder y descarnar como acto de supervivencia fuera innecesario y como si la presa se hiciera de la desventaja a la huida sin atentar al contraataque. En análisis podría decirse de mí un felino que vive con todo lo que tiene para decir petrificado en el estómago, poco civilizado y que puede tardar en descomponerse aproximadamente un sinsentido, o una poeta con más de un vicio con quien es mejor no encontrarse un día como hoy en un museo de paleontología. Pero la versión animal me conmueve. Tengo la convicción de que el suero lingüístico puede hacer oblicua mi herida y mutar la lágrima a un álbum negro ilustrado como forma de redimirme y pedir perdón al mundo, hoy diciendo sí, esta soy yo, soy yo la bestia de la que hablo en esta excavación intrahistórica y personal, para no mencionarme carente y viciosa y más que un mal trago de compañía. Pero aun así duele desenvainarse y retraer las garras encarnadas. Lo que duele es resistirse a la poesía.