Ahora que no sabe nada de música ni de arrullos la quiero ver espléndida, radiante. A veces o casi nunca mis desapariciones la conmocionan, no es el caso ahora que voy a la puerta negra.
La puerta está crujiendo mi nombre— Humedad —y yo beso la aldaba como si no la quisiera demasiado, con un poco de desazón y desprecio al sabor a trabajo y sal del hierro. Es un león adorable con un rugido mudo en la boca y la dentina negra como grafito. Llamar a esa puerta y besar al felino y entrar al infierno— o arrancarle de cuajo la anilla oxidada o quererte —son acciones igual de cuerdas solas o en común, el caso es que tengo el cuerpo comprometido.
Este es el juego: le abrigo la anilla congelada con el puño de mi pulóver azul y la halo hacia arriba hasta el toc toc. El desafío es el rebote. Demasiado seco, pero su expresión de espanto deviene en una carcajada sobresaltada, de mi parte, claro, reírse es siempre más-sano en invierno cuando nadie está viendo. Después doy dos pasos hacia atrás y espero a que salga (no el león).
—Hola— es un día muy ventoso para hablar demasiado —lo siento— creo que usted no debería tener una puerta con aldaba —me voy.
Pregunta si soy estúpida y jadea un grito y dos y que tenga cuidado la próxima vez y no sé qué más, yo camino rapidísimo a la esquina y doblo a la izquierda, me hago un chiste que solo yo entiendo— porque la derecha son tus ataduras —y me río, prendo un cigarrillo y entre brasa y viento me quemo la comisura de la boca. Te nombro ardiendo y miro el teléfono que reza no messages to display— lo más probable es que no tengas nada que decir —sigo pitando esas cuadras larguísimas de avenida San Martín y recuerdo a Julio en la parada del 168. El parecido físico entre ambos es interesante, pero esa línea no te dejaría en ningún sitio donde buscarte. Me pregunto qué sería de nosotros si ninguno de los tres fumásemos— quizás hojas secas amontonadas —enciendo otro más de la cajita.
Cortázar desaparece— ni la muerte sobrevive a estos inviernos —el teléfono en el bolsillo no vibró nunca o al menos desde que salí de mi casa.
Cojo mi excusa de paso y llego a tu fachada, te llamo para avisarte que pasaba por ahí de casualidad— estoy ocupadísima perdiéndote —y me respondés:
—Está bien, pero ando hoy con un humor— toc toc —especial, así que— toc toc toc —solo un momento— toc toc.
Y te abrazo en camaradería medio o un segundo para regresarme mil calles a la puerta— negra de la aldaba de león —de mi casa— de afuera no se puede salir—.