Del otro lado del único sitio donde puedo vivir cruda me aparecés indefenso, hambriento, con el estómago cosido al tórax, desquerido, adjetivado por la ausencia. Hay un vacío lingual entre dientes arregazados y es tu palabra. La manipulás haciéndote sonar los motores destruidos como silbos de óxido y canto pretónico, me decís, como se dice en cualquier lengua, lo insulso y también lo inefable. Así el grito invisible en tu puño de niño, el viaje a nunca, el mundo de las ideas, donde irse a la mierda está tan contaminado como la compañía.
Y yo si no me vigilo un instante me voy adonde seguro conocés mejor. Del ataúd del que vengo sacarás tus conclusiones, de la madera húmeda y durmiente entre las flores de nogal, de mis labios besándose ennegrecidos como guayaba a días de mordida, abandonada a lo orgánico que nos define vivos.
No siendo menos nunca, ni menos solos, pero sí lo ya sido. ¿Habrán ido las conjugaciones a despreocuparse entre tus cejas? ¿Habrás sido algo más que los ojos del ciego y la decapitación de la querencia? En ese mundo no hay espacio para trepanarte. Sigo y aún en pos de extirpar lo inoperable, de ser mujer de otro (no mía) y de arrancarte de esa tierra que no nos pertenece.
Vos tenés miedo de quedarte quieto en tu faena derrumbándote como el enemigo, y como el mismo emigrás con cada vaivén de tus dedos como un acto de benevolencia. Por cada cicatriz tuya muere un niño judío atravesado por la pena de otra religión dolida, y por cada cuerpo en tu equipaje nace otro idiota en algún continente. ¿Qué es sino tu hambre acechando carroña? ¿Qué es sino antojo de podredumbre a falta de un culpable?
Te consuelo y concilio: eso no se come.