Todo se veía lindo y suave cuando el sol aparecía entre la oscuridad para encender el vacío de la noche. Se paraba ahí a iluminar el panorama, le fascinaba encontrar destellantes a las hojas de otoño, primavera, verano.
Ella ya sabía que durante el amanecer, se iban a tornasolar las gotas de rocío que, por las noches, huían frías del verde pradera. Aquél verde que momificaba a las criaturas que jugueteaban por ahí, tomando el control de la libertad y de la vida en su mayor expresión, haciendo quedar como completos inútiles a los representantes de la fauna y siendo la flora la reina de la tarde.
Selene esperaba, sentada en su rincón, ese momento. Era su momento favorito del día, era el mejor momento para el té, el cielo estaba claro y nítido, y brillaba, y había tanta luz que se notaba el destello diurno. Una tacita de porcelana y una flor, agua y hebras y otra flor ¿Cómo sería una tarde de té sin esos girasoles? ¿Cómo serían los girasoles sin el sol? El mundo es feo, lo que lo embellece es el sol.
Aunque nunca llegó a esa conclusión de pie, probablemente en otra realidad lo haya hecho, porque cuando despertó, ya no había ningún sol. Entonces miró el cielo.
Todo absolutamente estaba oscuro, el horizonte estaba inconcluso y su visión se perdía a la deriva. Una pared negra le bloqueaba su mirar al sol, su mente sacó una fotografía que recordaría para siempre como el día más triste de su vida. No había girasoles sin sol, no había té sin flores, no había Selene.
Encerrada en su desesperación, revoloteó por el césped buscando luz, hurgó en los huecos de los árboles, buscó vida en alguna parte, pero no hubo caso: se encontraba sola en esa eterna oscuridad. Pensó que, quizás, ese repentino caos lumínico era producto de un sueño, que era todo un invento, que aún seguía durmiendo. Se pellizcó, estaba despierta.
Por primera vez buscó ayuda en el cielo, más infinito que nunca. Lo observó con detenimiento un rato, no había respuesta, seguía uniformemente negro, como todo lo demás. Ya no podía ver, pero ¿Qué tal? Aún podía sentir. Si es que en verdad había algo que sentir.
Esperó sentada una hora, dos, tres, sin sentir nada. Sólo caricias del viento, su único amigo en aquella situación. El viento que la despeinaba divertido, le confiaba secretos al oído y le cantaba melodías únicas e irrepetibles. En su charla, ambos, se iban de tema y caían en sueños pues ya no había nada más que hacer.
Selene despertó golpeada por una refracción cegadora, había dormido casi doce horas, miró su reloj y corrió, no iba a defraudar a su juego de té. Se sentó en su sitio y trató de sentir el viento otra vez, pero le fue imposible, los rayos punzantes la incomodaban y distraían, el ruido excesivo de luz la obligaba a mirar dónde pisar, qué tocar, ya le resultaban desagradables y sucios los profundos hoyos de los jacarandaes que abundaban. Dejó pasar el ya frío té y se acostó a dormir, ahora tenía algo que soñar y echar de menos.