domingo, 2 de noviembre de 2014

Pesadilla

Lo único que conservo de la infancia es la pesadilla, el sueño de la muerte pequeña. Corro a mitad de la noche a hundirme en la cama de mi padre difunto papá vas a volver para mi cumpleaños y le pregunto si puedo dormir con él y me deja espacio entre él y mamá que siempre me dice que sí y no hay motivo para despertarla. Bueno, sí que tengo razones para despertarla pero no es buen augurio pedirle cosas imposibles o que no le interesan como dejarme o no veinte centímetros para dormir a su lado. Ellos duermen con todas las luces apagadas y el colchón es bastante ancho. El colchón es mi abismo, ahí me hundo ya lo dije antes. A la mañana siguiente me despierto y estoy sola en mi casa pero en mi cuarto están mis muñecas y en la biblioteca están Lucas Lenz y la obra de una mujer que se llama Agatha, a partir de ahora supongo yo voy a ver un poco de misterio todos los días por los próximos quince años. Dentro de quince años voy a ser un misterio. Voy a ser exitosa y amada y también exótica misteriosa un ejemplar. Entonces suena algo que parece el teléfono y pienso en que no dudaría la procedencia del ring ring ring si estuviera haciendo otra cosa y me despierto del sueño para atender el llamado. Cuando llego al comedor deja de sonar porque despertarse pararse correr conlleva más tiempo que algunos rings. Preparo un termo con agua caliente y le pongo hasta la mitad de yerba al mate de vidrio, prendo la televisión para darle importancia a algo y me encuentro sola en mi casa. Pero en mi cuarto hay un cuadro de Dalí y en la biblioteca están los Buendía y la obra de una mujer que se llama Alejandra.

Casa

En mi departamento de soltera hay una silla y un escritorio, sobre el escritorio toneladas de papel y un cenicero lleno de colillas y cigarrillos a medio fumar, porque la palabra solía llegar pesada y sólida y concatenada y había que apagar el asunto para no perder el flujo de la eternidad que estaba escribiendo ahí, en un papel en esa mesa, sentada en esa silla con un cigarrillo en una mano y un lápiz en la otra, en mi departamento de soltera que sigue ahí mismo donde lo dejé sobre la avenida Nazca a algunos metros de la plaza, en la cuadra del único hipermercado de la zona.
Nunca me fui de esa casa del malentendimiento, el tiempo pasado es más bien una forma de traspasar la puerta sin cerrojo del edificio que solo se abre por inercia al cartero y las viandas a domicilio. He dejado entrar al electricista alguna vez, he dejado salir al perro solo a orinar o hacer caca o nada y volver a entrar, he escuchado a los testigos de Jehová una o dos veces. Hubo quienes llamaron a la puerta y no recibieron respuesta, y también quienes no sabían que yo vivía allí ni les importaba, y quienes ni siquera se imaginaban que allí era un lugar del mundo. Algunas personas deben haber soñado con mi casa y conmigo dentro escribiendo o poniendo la pava llena de agua en el fuego.
Una vez un hombre tocó el timbre y preguntó por mi nombre. Pero mi departamento de soltera nunca es demasiado más que una oración larguísima.