domingo, 2 de noviembre de 2014

Casa

En mi departamento de soltera hay una silla y un escritorio, sobre el escritorio toneladas de papel y un cenicero lleno de colillas y cigarrillos a medio fumar, porque la palabra solía llegar pesada y sólida y concatenada y había que apagar el asunto para no perder el flujo de la eternidad que estaba escribiendo ahí, en un papel en esa mesa, sentada en esa silla con un cigarrillo en una mano y un lápiz en la otra, en mi departamento de soltera que sigue ahí mismo donde lo dejé sobre la avenida Nazca a algunos metros de la plaza, en la cuadra del único hipermercado de la zona.
Nunca me fui de esa casa del malentendimiento, el tiempo pasado es más bien una forma de traspasar la puerta sin cerrojo del edificio que solo se abre por inercia al cartero y las viandas a domicilio. He dejado entrar al electricista alguna vez, he dejado salir al perro solo a orinar o hacer caca o nada y volver a entrar, he escuchado a los testigos de Jehová una o dos veces. Hubo quienes llamaron a la puerta y no recibieron respuesta, y también quienes no sabían que yo vivía allí ni les importaba, y quienes ni siquera se imaginaban que allí era un lugar del mundo. Algunas personas deben haber soñado con mi casa y conmigo dentro escribiendo o poniendo la pava llena de agua en el fuego.
Una vez un hombre tocó el timbre y preguntó por mi nombre. Pero mi departamento de soltera nunca es demasiado más que una oración larguísima.

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