lunes, 27 de octubre de 2014

El vals

Nunca empiezo a escribir con una certeza, cómo te explico, no sé cómo se dice. Eso, exactamente. Como cuando venís a mi casa desnudo y yo te visto: primero la camisa con todos los botones en su ojal y después la corbata que nunca termino de enredarte al cuello. Es larga, larguísima, se pone por detrás y se da la vuelta veces infinitas. Se da una vuelta y otra y otra y otra, no se anuda nunca como cuando me escribís y no me volvés a hablar. Entonces yo sigo dando vueltas y vueltas alrededor tuyo como en un vals con la prenda en la mano estirándola para que quede perfecto el nudo que nunca hago. Vos no me decís nada nunca, como si te gustase que te hagan daño. Yo te pido disculpas fue sin querer es que no puedo con esta mierda tendrás otra por ahí que dé menos vueltas. El fin no llega nunca, es la gracia de la práctica. Y así sigo y sigo hasta que te cansás y me decís Marilina sabiendo que odio mi nombre y te arranco lo que queda por anudar con los dientes, me sale espuma de la boca y te grito, te rasguño y me decís me voy. Y la verdad que estás horrible con doscientos metros de tela ahorcándote y la cara violeta de la asfixia pero te vas a seguir vivo a otro lado y yo me pongo a llorar, rompo en llanto invisible y no te das cuenta porque tampoco te lo estoy diciendo porque dudo que hayas estado en mi casa y no sé anudar una corbata.