Lo sé de memoria y por eso lo veo, con los ojos cerrados, la luz encendida pero la ventana abierta. Y él dormido porque respira fuerte, respirando agitado (cada exhalar es casi un ronquido) porque está dormido. Y los párpados caídos porque sueña con la noche, también la ha sentido. Y sueña con la noche pues sabe que es solitaria. Y lo hace tranquilo porque puede. Y puede porque me ve, con los ojos cerrados, la luz encendida y la ventana abierta. Y me ve porque sabe que estoy a su lado. Ya no tiene miedo.
Pienso entonces que cuando abra los ojos me quemará la noche.
Uno nunca puede saber cuánto tiempo durmió, cierto es. Cierro los ojos y cierra los suyos, y la ventana queda abierta y por ella entra la noche y, como la luz está encendida, solo la soñamos. Ya lo dije. Y como la soñamos la vemos y de eso se trata el sueño. Nunca sé cuánto tiempo dormimos pero despertamos y lo oigo enunciar con voz de creyente "Buen día, mi luz". Su luz, pienso, porque ya es de día y, como la ventana está abierta la luz entra pero como la luz está encendida casi ni se siente y soy su luz del día. Y buen día porque sabe que me despierto y ahora lo oigo, y escucharlo es sobresaliente porque tiene la voz como de canción. Canción tan buena como la de cualquier Mozart pero silbada por el viento, porque así de dulce es la voz de mi Juan Diego.
Y es mi Juan Diego porque puede que exista más de uno con ese nombre. Yo no quiero a ninguno de ellos, uno solo me basta y me alcanza y me sobra y ese es el que necesito. El Juan Diego que dice "Buen día, mi luz" cuando se despierta y "¿Dormimos?" antes de dormirnos. Y que cuando me ve y es de día lo hace con dos ojos no muy grandes pero sí angulosos y expresivos, como los de ningún otro Juan Diego. Es único.
Y nos despertamos y nos amamos como si nos viésemos una vez por semana y entre tanta piel se me escapan los sentimientos por la boca y le digo que lo amo unas mil veces, no le miento nunca. Nos besamos como los adolescentes que somos hasta que nos hartamos de sed y sabemos que ya está. Ya está, ya es tarde, y en los últimos minutos quiero llorar y lo abrazo enojada y tan fuerte que siente lo mismo y a veces lagrimeamos juntos como deseando quedar magnetizados para siempre porque ya sabemos y ya está.
Y me alzo y me visto y me voy. Y lo veo con el violín en la espalda, saludándome con la mano como si no supiéramos si volveremos a vernos mientras la locomoción huye conmigo adentro pensando qué sacrificar para volver a amarlo de cerca y ya lo extraño.
Detesto el segundo microscópico de la destilación.