Con esto quiero decir que entiendo todo menos ahora mismo, menos el prólogo y la firma en el antilibro. La misma palabra pero sin H: quiero escribirte lo imposible en mayúsculas porque te debo bastante compañía. Perdón por mentir tan descaradamente, la limitación cruzada y la intersección de tu nombre me invitan a no salarte las heridas. Hay un punto en el que el beso no sucede y es así perfecto, aunque lo desee. La sola idea enferma de hacerlo me desorbita.
Ayer dije en voz alta que no iba a hablarte, y a los pocos segundos tu mensaje lo sucedió por completo. Dije que no y estabas vivo preguntándome, en otra parte más lejos que adonde estaba yendo. Cometí el error de todos los días abriéndote la puerta a la insanía que desconocés de mi cuerpo. Entonces sudé y esperé dos mil años hasta esta mañana en la que volví a jurarme que no volvería a hacerlo.
Y ya es mediodía y otra vez te quiero.
martes, 24 de febrero de 2015
Dos mil
jueves, 19 de febrero de 2015
Una de amor
Abro el caramelito rojo con la misma delicadeza que tengo para desvestir hombres, me trago el envoltorio y escribo persona A besa apasiomadamente a B que se eleva, levita, asciende. Saboreo el polvo en la lengua. Escribo A lo adora. Mastico el caramelo con el mismo sabor insoportable de mis labios. Tomo nota B haciéndose de las manos un verbo y el amor es desesperado. Me seco la boca con el puño y fin del cuento: vivieron felices por siempre. Me purgo y sonrío, me exilio. La imprenta lo hace un libro de tapa dura. Mientras tanto se me desagran órganos inútiles y caigo en devolución imparcial. La publicación resulta maravillosa. Esa noche duermo mal y sin ganas. Me llaman a canales de televisión que pretenden hacerlo cinematográfico. Ahora en mi mansión de Pilar me imagino una boda excelente en un vestido espléndido. Nunca aparecés. Levito, asciendo.