La casa de uno siempre tiene algo de anagnórisis, a saber el espacio para semejante permanencia. Se es el perro que no ladra y el té bebido, un poco también turbio en la taza, y un poco la falta de destino, además de una gota de silencios. Eso tiene su psicología.
Se sale a no llorar por nadie no siendo eso un sinónimo de alegría, al aquelarre de muchos más nadies de pasado roto. No entiendo cómo se puede, cómo, evitar celebrar el olvido, evitar celebrar-lo que mejor no hubiera existido. La tartamudez de mi infancia es ahora parte de mi estética. También lo es saberse la dueña de la muñeca sin cabeza, fotografiando gárgolas.
Y soy yo, soy yo. Enferma de soledad, ay. Maravillosa. Y le escribo a la cabeza de la muñeca decapitada y al ladrido del perro moribundo. Soy yo en anagnórisis porque no sé nada de mí misma y me aprendo tan coherente tan. Con una objetividad que ay, hay cosas que no se pueden escribir. El vacío encantador, tanto hambre que no te deja comer. La boca desbesada y la ropa cosida al cuerpo, la lengua encadada pero la palabra enorme.
Pero no, hay cosas que no se pueden escribir.