viernes, 31 de octubre de 2014

La función de la luna

no siento que nada de esto
me esté
haciendo
no destruyendo

la luna
en el cabello negro de la niña
blanquísima
que era yo
escrita

que era yo
que era luna no haciéndome

miércoles, 29 de octubre de 2014

Anagnórisis

La casa de uno siempre tiene algo de anagnórisis, a saber el espacio para semejante permanencia. Se es el perro que no ladra y el té bebido, un poco también turbio en la taza, y un poco la falta de destino, además de una gota de silencios. Eso tiene su psicología.
Se sale a no llorar por nadie no siendo eso un sinónimo de alegría, al aquelarre de muchos más nadies de pasado roto. No entiendo cómo se puede, cómo, evitar celebrar el olvido, evitar celebrar-lo que mejor no hubiera existido. La tartamudez de mi infancia es ahora parte de mi estética. También lo es saberse la dueña de la muñeca sin cabeza, fotografiando gárgolas.
Y soy yo, soy yo. Enferma de soledad, ay. Maravillosa. Y le escribo a la cabeza de la muñeca decapitada y al ladrido del perro moribundo. Soy yo en anagnórisis porque no sé nada de mí misma y me aprendo tan coherente tan. Con una objetividad que ay, hay cosas que no se pueden escribir. El vacío encantador, tanto hambre que no te deja comer. La boca desbesada y la ropa cosida al cuerpo, la lengua encadada pero la palabra enorme.
Pero no, hay cosas que no se pueden escribir.

lunes, 27 de octubre de 2014

El vals

Nunca empiezo a escribir con una certeza, cómo te explico, no sé cómo se dice. Eso, exactamente. Como cuando venís a mi casa desnudo y yo te visto: primero la camisa con todos los botones en su ojal y después la corbata que nunca termino de enredarte al cuello. Es larga, larguísima, se pone por detrás y se da la vuelta veces infinitas. Se da una vuelta y otra y otra y otra, no se anuda nunca como cuando me escribís y no me volvés a hablar. Entonces yo sigo dando vueltas y vueltas alrededor tuyo como en un vals con la prenda en la mano estirándola para que quede perfecto el nudo que nunca hago. Vos no me decís nada nunca, como si te gustase que te hagan daño. Yo te pido disculpas fue sin querer es que no puedo con esta mierda tendrás otra por ahí que dé menos vueltas. El fin no llega nunca, es la gracia de la práctica. Y así sigo y sigo hasta que te cansás y me decís Marilina sabiendo que odio mi nombre y te arranco lo que queda por anudar con los dientes, me sale espuma de la boca y te grito, te rasguño y me decís me voy. Y la verdad que estás horrible con doscientos metros de tela ahorcándote y la cara violeta de la asfixia pero te vas a seguir vivo a otro lado y yo me pongo a llorar, rompo en llanto invisible y no te das cuenta porque tampoco te lo estoy diciendo porque dudo que hayas estado en mi casa y no sé anudar una corbata.

viernes, 24 de octubre de 2014

Apagué la radio y tiré el aparato por la ventana

Apagué la radio y tiré el aparato por la ventana pero no te voy a pedir perdón por eso. No tendría gracia porque nunca me viniste a ningún lado. No sé cómo decirte sin insultar que sos bárbaro, bárbaro, bárbaro, hermoso en silencio, hermoso. Me estoy metiendo los dedos en la boca para no insultarte me muerdo me rasguño la campanilla me la arranco para ver si se puede decir menos que gracias. A ver si se puede repitiendo todo lo que quiero, insultándote, escribiéndote, sos bárbaro, tremendo, imposible y te agradezco porque así como me ves le encuentro el optimismo al vaso roto que hubiera tirado yo al piso para romper algo que no seas. Que no seas quiero decir radioactivo, tóxico viste uno se siempre precisa algo de veneno para escribir y te escribo, te escribo porque me quedé la voz en la mano y ahora me arde, me quema, me hago ceniza, cómo te digo soy muy sensible me duele todo el cuerpo del rechazo me doy arcadas cómo me arde tu vocecita de mierda, callate que en silencio sos hermoso hermosísimo ni me lo digas que amo más la poesía y la muerte que el ruido que hacés cuando te estás excusando.

domingo, 19 de octubre de 2014

Llamada a Haruki Murakami

Ya no puedo decirte nada sobre esos fideitos de mierda que no te haya dicho antes. Lo que sea te lo voy a decir ahora como si la olla cayéndose y el agua hirviendo en la planta de los pies: yo no sé, ni el dolor de no saber. Cómo te explico este pelo revuelto, la falta de anteojos, estas diez de la mañana de este domingo: no sé. Ni eso ni nada. Qué me venís a preguntar lo que sea así descaradamente como si pudiese responder algo más que yo qué sé, a qué me venís por Dios, no (me) vuelvas a decir(me) la miseria, ni repitas nunca más (nun-ca más) nada que no sea spaghetti.

martes, 14 de octubre de 2014

Café

Al fin y al cabo disolverse es hacerse más pequeño, o inmenso. Porque siempre hay que disolverse en algo, como si se tratase de una clonación descolorida. En mi caso particular prefiero ser ese aposento: me gusta más el lado observador, por eso siempre estoy esperando a alguien que me haga nido de la desatomización, que me comparta, que me diga. Tengo la espera al acecho y me está abriendo la herida. Ahora lo digo así nomás, con el cafecito en el escritorio, porque hoy tengo la tranquilidad intacta. Pero, mirá, un beso ya me enferma, y hasta podría decir que tan solo una palabra me alza y me construye. Y después me tengo que encargar de derrumbarlo todo sobre mí misma. No sé cómo te explico la soledad, la ventana abierta y la puerta tapiada, el eclipse. Esa lunita que se hace la brillante es otro tema. Y pienso, pienso en todo eso del hospedaje. ¿No es el eclipse el más bello de los fenómenos? La oscuridad de la noche, la paz del cementerio, el cafecito. La neurosis amansada y el café delicioso, la herida en la taza bebiéndose.

La vuelta al útero me intoxica, revuelvo con el dedo la taza negra para sentirme viva. Se enfrió muy rápido esperándome, como si supiera la casa entera lo que es la agonía. El pensamiento se hace demasiado tangible en el ritual de las siete de la tarde. Y quizás mi nombre ha de ser el sol de la noche, la causa del nacimiento siendo efecto del acto horrible, las piernas casi cerradas entrándose al impulso. El café tiene siempre la herida consigo en el nombre y en el documento: lo sirvo amargo y lo bebo frío, y en la ventana nocturna se proyectan la identidades del grano. Hay que perderse en el pasillo a la cocina antes de llegar la luna y aullarle al cariño como un perro a ese sabor dulce inexplicable que tienen de hipócrita las cafeterías, y arrastrarse a la noche mordiéndose el rabo que podría tenerse, esa extensión de la columna baja como una escalera a la infancia, de donde no se vuelve nunca, implícita en el vacío de la taza.

sábado, 11 de octubre de 2014

Lugar feliz

No te tomes esta carta demasiado a pecho porque está vacía de conocimiento, solo quiero decirte todo lo que me atraviesa ahora. Sabés, no te voy a pedir mil perdones y tampoco quiero hacerte enojar. No te quiero hacer volver ni llegar, nada de eso. Sabés que no me gusta intimidar a la gente.
Parece mentira pero el lugar feliz se escribe: hay un lápiz y un cuaderno. Vos no estás. Pero no te preocupes porque puedo inventar en letras casi todo. Vos no estás pero si estuvieses serías celeste. Tendrías una taza caliente entre las manos y una mirada interesada en el detalle, podría ser también una cara de recién levantado que me haría feliz ver si existiese. Tendrías las uñas escamadas y algunas callosidades en los dedos de hacer tanta hermosura. Tu carácter sería una mierda y pedirías demasiadas explicaciones que yo te daría siempre. Pelearíamos como hermanos, nos retorceríamos como nunca.
Ya sé que estoy escribiéndote algo horrible, es el deseo. La soledad tiene muchas cosas bellas pero tiene la cosa punzante en el alma. Si existieras te lo explicaría con las manos apretadísimas entre sí, la presión de ese vacío de mierda. Vos me entenderías porque también sabrías la noche y me darías abrazos inmensos para curarnos, esos abrazos de almohada. Y vendrías a buscarme cuando mi hijo sale porque sabés lo mal que me hace su ausencia. También te daría hijos. Podríamos planear sus nombres juntos y pasar la vida entera. O quizás no te daría ninguno para no abrumarte: esto es dificilísimo. Pero las dos cosas serían perfectas. Podríamos emborracharnos, quién sabe, para ser más niños que durante el día. Y podría irme a dormir sola para que hagas lo tuyo y no molestarte, para que encuentres el rato fresco. Enojarme por la puerta abierta del baño o el piso mojado, o vos por el desorden, o los platos sucios, o porque le hablé a un hombre en el supermercado, o porque escribí algo hermoso sin tu nombre. Como ahora que estás infinito Dios sabe dónde y no te estoy buscando.
Cuando lo leas, explicame la apnea. Yo sé que soy un poco zafia para decir las cosas pero quiero que se entienda. Cómo te digo, cuando aparezcas. No me digas por qué tardaste tanto pero contame todo para hacerte visible. Decime el presente, esas cosas que son casi un insulto. El trabajo, el clima, algo de la televisión o el año de tu nacimiento. Dejame que me ocupe de desenterrar el resto mientras vos lo hacés conmigo.
Espero que algún día entiendas el motivo de mi carta: te estoy mandando los cariños que no nos dimos nunca.

jueves, 9 de octubre de 2014

Parásito

No me manosees con la letra de pendejo que tenés. No porque mirá: hoy quiero ser horrible. Hoy tengo dientes en toda la mucosa del cuerpo. Hoy soy nauseabunda. ¿No ves el horror? Mirá toda la sangre que te estoy mostrando con este llanto de virgencita de la santa mierda. Mirame las personalidades comprometidas con nada. Mirá cómo soy una cosa toda orgánica y putrefacta, un compost para tu vida hermosísima. Ese Rimbaud tenía las armas empaladas, mirá que asco. Mirá qué bien que escribía y mirá lo mal que yo lo estoy haciendo. Mirame la metáfora cruda, mirá como no se parece a nada. Mirame y decime lo que estás pensando ahora, a ver, decime la muerte, decime el cadáver que estoy siendo. Dejame repetir todas las palabras que quiera sin escribir nada. Dejame el odio para mí misma y correte. Correte que estoy cansada de quererte lo dulce como un parásito.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Nombre II

A vos te pusieron ese nombre de persona y a mí éste que no rima con mi melancolía. No consuena, no nada. Conmigo. Te estás llamando literatura y yo un paisaje hermoso que no existe. A mí me dicen siempre que tengo ojos hermosos y es mentira. El azul es horrible. Es lo profundo del océano donde no vive nada y es tormenta eléctrica, sabés de lo que estoy hablando. Pero no es casualidad que te estés quedando ciego. No es casualidad  porque yo escribo y tengo este nombre de luces que no rima, no consuena detrás de mis gafas.

La importancia del cigarrillo

Hoy robé. Sí, robé. Le robé los cigarrillos a mi mamá. Puede no ser tan grave pero fue hurto y lo tengo que admitir, se pide perdón cuando hecho y también permiso para tomar algo de otra persona. Pedile perdón. Si no se puede devolver hay que perdonarse también la culpa con el perdón atravesado en las amígdalas con el humito bebé de los cigarrillos suaves, los del paquetito plateado que fuma mi mamá y también fumaba mi abuela, y mis tías y las señoras que trabajan en mi misma oficina. Esos cigarrillos de mierda que no tienen gusto a nada.
Alguien que amé una vez me enseñó qué mostraba cada marca de cigarrillos como un tipo de psicología. Decía él todos los suaves y también los Virginia son de vieja chota. Decía muy bien. Y que los Marlboro tienen como una sapiencia de sí, que si veías un alguien con uno de esos era porque recién empezaba a fumar. No aplica nada de esto a los cigarrillos pedidos en la calle ni a los robados. Perdón y continúo. El cigarro que se arma con esos papelitos y hierba seca son de hippie decía, y el tabaco negro es para personas de buena fé, esos hombres que se dicen buen partido, con una cultura mínima y buena presencia, y esa caballerosidad que me da asco, o mujeres jefas de hogar, con el pantalón puesto en su lugar y el target como de jinete. De apellido Ocampo o Allende, de jugadores de cricket. Él fumaba Imparciales y yo creo que se creía demasiado maravilloso. De todos modos asentía siempre.
Pienso que algo de razón debía de tener por una cosa de estadística. Mi primer cigarrillo fue un Marlboro, tragaba el humo haciéndome la agraciada y me dolía la panza doscientas horas seguidas. Hablaba entre pitadas como si fuera fácil, se me escapaba el humo y la náusea por la boca, se me hacía el fumar horrible. Con los años entendí que existen cosas más horribles que esa. Se fumaba en ese entonces porque era signo de tener la vida preciosa y un montón de amigos en la escuela y el barrio, se hacía uno el maduro exitoso con trece años de mierda que no decían nada de la vida. Ni decían nada de mí misma porque nunca tuve demasiados amigos ni demasiado éxito. Más adelante elegí mis propios cigarrillos y lo hacía de una forma hermosa, con el brazo bien puesto y los labios bien pintados. Se halagaba la forma de fumar poética que podía llegar a tenerse. Y yo nunca tuve ninguna forma hermosa ni poética.
El tipo me decía que había cigarrillos para hombres y para mujeres, para jóvenes y ancianos. Para gente inteligente y para estúpidos y también existían los que llamaba cigarrillos de pobre. Concluía siempre creyéndole todo lo que me decía por mi propia experiencia con los Marlboro y los suaves. También relacionando el tabaco para armar con la marihuana que en ese entonces se me hacía de hippie.
Le pregunté entonces qué opinaba de mis cigarrillos, que nunca había descrito. Mirá, yo no fumo ni tabaco negro ni armado, ni Marlboro ni Virginia, ni cigarrillos de pobre (esos eran los Viceroy, que salían cuatro pesos, los míos salían casi diez). Yo fumo Camel, es este paquetito beige que te digo. 
Y me dijo que eran de hombre. De hombre y no de mujer, quiero decir, de testículos. De barba crecida y las bolas transpiradas. Fue el peor insulto que pudieron haberme dicho jamás y lo puteé. Sí, lo puteé con la prepotencia de mis hormonas a ver si esto te parece de hombre, pendejo. Soy muy sensible. Me largué a llorar como una caprichosa y le pegué un cachetazo tremendo. Yo en mi llanto. Le dije cosas horrendas imbécil, engreído. Se disculpó forzosamente no fue para tanto. No le parece. Y yo nunca tuve ninguna forma hermosa ni poética, ni demasiados amigos ni demasiado éxito. Y ahora en lugar de vulva tengo un par de huevos con olor a meo. No le parece. Cómo no quiere que me enoje. Y es que sos un poco frígida. Ah, bueno, al menos solo un poco. No te enojes, no es para tanto, por algo nos casamos por más que seas. No, no le parece. Sabés a mí no me parece nada de lo que me estás diciendo, soy encantadora, soy una princesa. Soy una pendeja de mierda y tengo los ovarios llenos, llenísimos de insultos con tu nombre pegado como con flema. Así de repugnante y te lo digo: soy una puta princesa. Y sabés qué, quiero que lo sepas: el hombre que te estás cogiendo se cogió a otro tipo cuando no estabas, otro tipo que me ve sin testículos.

martes, 7 de octubre de 2014

Niña

Estaba en una casa como de religiosos que hablaban del cuerpo todo el tiempo. Yo había llegado ahí con un bulto en el estómago, no quería ir a ningún médico y entré a una casa llena de locos. Ellos me revisaban y me decían que desconocían el absoluto de mi vientre y me sugerían la medicina occidental por si acaso. Les pedí que me dejen quedarme con ellos y accedieron, entonces empecé a parir algo inmenso que nunca terminaba de nacer. Le pedí a una de las mujeres un ajuar de niña, estuve en trabajo de parto horas larguísimas y la niña no nacía. Yo estaba agachada esperando que sucediese. En el dolor pensaba cosas terribles. Pense en que no sabía por qué le había dicho que era una niña si yo ni siquiera sabía lo que estaba por escupir, si nunca había entregádole el sexo a ningún hombre de carne y no podía ser que estuviese por alumbrar un niño o niña de Julio Cortázar, un crío de nombre horrible y apellido Borges. La zona lumbar me azotaba y un hombre me recogía del suelo para sostenerme la cadera, de ambos lados fuertísimamente y me decía ya sé dónde duele. Llegaba la mujer del ajuar con una canasta rosada y un cartel de bienvenida. En la canasta no había nada y el cartel no tenía nombre. La niña no nacía. Nunca.

lunes, 6 de octubre de 2014

Desgraciada

Puedo decir muchas cosas de mí misma. Puedo decir el ego porque existe. Tengo la cabeza por sobre el cuerpo, muy bien anclada. Me gusta esa palabra. Una vez me dijeron que soy mujer de pelo recogido. En verdad tengo el pelo suelto, así me levanto todas las mañanas. Puedo decir que soy mujer y que tengo cabello, y que lo ato porque me gusta más así. Lo ato minuciosamente en el ritual de atarse el pelo. Primero me vuelvo como haciendo una reverencia y dejo caer los mechones. Acto seguido tomo toda la cantidad con las dos manos entrelazándome los dedos cerca del cuero cabelludo. No me encanta la palabra cabelludo pero es menester usarla en este caso. Termino con una torzada fuertísima que me hace doler el encéfalo adentro y la enredo sobre sí misma para hacer lo que se dice un tocado impecable que ato con un elástico. Abajo tengo la cara. Dos cejas separadas por muy poco espacio, tupidas, legítimas. Dos ojos que no perciben mucho sin las gafas atornilladas a las orejas, una nariz que no dice nada y una boca que nadie está besando. El color de los ojos no importa y podría omitir la boca porque podría vivir sin ella, pero está pegada a mi cara y quiero hacer una descripción objetiva. De la boca no sale más que un "buenos días", "perdón" o "gracias". Adentro hay un paladar abierto porque uso un aparato dental mientras duermo, la lengua es dulce. No le pongo azúcar a nada. La oclusión es atípica. A veces entiendo a mi campanilla como demasiado larga, emito sonidos muy agudos. Por la garganta me pasan un montón de cosas y humo porque fumo muchísimo todos los días. El tabaco hizo únicos mis pulmones, no sé cómo son pero los siento inmensos, como si el tórax insuficiente. Como si estuvieran por salírseme por la espalda, que no tiene casi nada de carne. Se ve mi espalda como putrefacta, como si fuera demasiado desnuda. Lo mismo ocurre con el pecho. Mas abajo se llega a la parte sensible, poderosa. No me voy a poner a describir mi vulva porque sería casi pornográfico y no me gusta mirarme el pecado. Una vez vi cómo hacía la vida. Muchas veces vi cómo se hacía la plegaria de los imbéciles. Bastantes, suficientes. La realidad es que ya no me gustan los hombres, las mujeres nunca me gustaron. No me gusta cómo se entumece lo que se dice materia gris. Soy una conchuda, no lo voy a negar. Sólo sé que la próxima vez que le abra las piernas a la muerte voy a elegir un encéfalo, que no me diga "qué bien que la pasé". Qué carajo me importa, yo la pasé como el orto y vos sos igual de pelotudo que tus precedentes, tenés los mismos órganos en el mismo lugar del cuerpo y no significás un alma. El mundo está lleno de desgraciados. Las piernas no me importan.

Silenciófilo

Así andaba como si nada, tenía la luz en los ojos. Tuve que ser directa para no perderme en la belleza antagonista. Le dije de la timidez, no sé, no sé por qué le dije eso. Escuchame, no me escuches. Quiero decir que no escuches cómo te lo digo, no sé cómo se hace: te digo esto. No se si se entiende pero quiero que me des un beso bajo la lluvia idiota de palabras que te dije antes. Lo bueno es que me lo dio más allá de la amnesia que me estaba saliendo del cuerpo como un escupitajo. Me di asco, fue algo hermoso. El impulso es un asco. Cuando no sabía en qué estaba pensando me besó de nuevo. Yo no se lo dije, no sabía ni lo que estaba haciendo. Cómo se pone el labio, no morder, quiero dar un beso que no sea de prostituta. Bueno, no sabía tampoco si me estaba saliendo de purísima. Me justifiqué con una sonrisa por si acaso, uno de noche se pone en pedo y hay que pedir perdón por todo. El beso no sé cuánto duró, se me había estancado la eternidad. Fue silenciófilo, por las dudas, en cuanto al acto no dije nada. Él tampoco lo hizo. Dije un millón de idioteces pero la palabra no la usé nunca, la 'B larga' es gigante para mi boca. Estaba mareada y no le dije nada agradable, no le halagué ninguna parte del cuerpo. Unos minutos después apareció un tipo y me dijo la belleza de mis ojos, le agradecí, casi se me escapa de la lengua un eso porque no sabés lo que me acaba de pasar, me besaron con los ojos cerrados y yo los cerré también, eso es genial, ser invisible es hermoso, estoy tan feliz y tomé tanta cerveza que podría estar diciéndotelo pero solo te voy a agradecer escondiendo la alegría en el color del iris celeste. Alguien transformó el alud de estupideces que digo habitualmente en una acción tremenda, alguien también toma el café sin azúcar. Me dejó el perfume en la ropa como absorbido, me dieron unas ganas inmensas de bañarme con la ropa puesta. No sé cómo se explica eso. Al día siguiente me levanté con los ojos más blancos que nunca, el color se había ido a la mierda y caminé como un muerto por la casa con un montón de ideas en la mente. Así y todo no logré escribir nada.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Odín

El gigante llora para alcanzarse las manos, se expresa sin saber la palabra, no le da la vuelta al asunto. No conoce el no dársele: es infinito, todopoderoso. Se come el mundo entero con prepotencia porque tiene derecho a hacerlo: sabe más de la vida que la humanidad toda. Es hecho, causa, efecto. Es universo. No lo limita el detalle de las manos, no necesita ayuda ni maestros, tampoco le importa el porvenir: es futuro, el pasado solo existe en heridas abiertas que aun no tiene. Ve de lejos a las personas que agonizan, llegó para enseñarles el cuerpo a los invisibles. Se presenta en silencio: algunos huyen tragados por el miedo, otros lo saludan incomprendidos en la existencia.
Él sonríe,
ellos pueden ser sus manos.

Nombre I

no me ensucien el nombre
con la palabra
de mi vida
por favor
ya sé que se escribe solo
aullando
a gemidos
y
rasguños
Dios
que solo sé cómo se tiene
el cuerpo reventado
y el nombre
bien escrito