miércoles, 8 de octubre de 2014

La importancia del cigarrillo

Hoy robé. Sí, robé. Le robé los cigarrillos a mi mamá. Puede no ser tan grave pero fue hurto y lo tengo que admitir, se pide perdón cuando hecho y también permiso para tomar algo de otra persona. Pedile perdón. Si no se puede devolver hay que perdonarse también la culpa con el perdón atravesado en las amígdalas con el humito bebé de los cigarrillos suaves, los del paquetito plateado que fuma mi mamá y también fumaba mi abuela, y mis tías y las señoras que trabajan en mi misma oficina. Esos cigarrillos de mierda que no tienen gusto a nada.
Alguien que amé una vez me enseñó qué mostraba cada marca de cigarrillos como un tipo de psicología. Decía él todos los suaves y también los Virginia son de vieja chota. Decía muy bien. Y que los Marlboro tienen como una sapiencia de sí, que si veías un alguien con uno de esos era porque recién empezaba a fumar. No aplica nada de esto a los cigarrillos pedidos en la calle ni a los robados. Perdón y continúo. El cigarro que se arma con esos papelitos y hierba seca son de hippie decía, y el tabaco negro es para personas de buena fé, esos hombres que se dicen buen partido, con una cultura mínima y buena presencia, y esa caballerosidad que me da asco, o mujeres jefas de hogar, con el pantalón puesto en su lugar y el target como de jinete. De apellido Ocampo o Allende, de jugadores de cricket. Él fumaba Imparciales y yo creo que se creía demasiado maravilloso. De todos modos asentía siempre.
Pienso que algo de razón debía de tener por una cosa de estadística. Mi primer cigarrillo fue un Marlboro, tragaba el humo haciéndome la agraciada y me dolía la panza doscientas horas seguidas. Hablaba entre pitadas como si fuera fácil, se me escapaba el humo y la náusea por la boca, se me hacía el fumar horrible. Con los años entendí que existen cosas más horribles que esa. Se fumaba en ese entonces porque era signo de tener la vida preciosa y un montón de amigos en la escuela y el barrio, se hacía uno el maduro exitoso con trece años de mierda que no decían nada de la vida. Ni decían nada de mí misma porque nunca tuve demasiados amigos ni demasiado éxito. Más adelante elegí mis propios cigarrillos y lo hacía de una forma hermosa, con el brazo bien puesto y los labios bien pintados. Se halagaba la forma de fumar poética que podía llegar a tenerse. Y yo nunca tuve ninguna forma hermosa ni poética.
El tipo me decía que había cigarrillos para hombres y para mujeres, para jóvenes y ancianos. Para gente inteligente y para estúpidos y también existían los que llamaba cigarrillos de pobre. Concluía siempre creyéndole todo lo que me decía por mi propia experiencia con los Marlboro y los suaves. También relacionando el tabaco para armar con la marihuana que en ese entonces se me hacía de hippie.
Le pregunté entonces qué opinaba de mis cigarrillos, que nunca había descrito. Mirá, yo no fumo ni tabaco negro ni armado, ni Marlboro ni Virginia, ni cigarrillos de pobre (esos eran los Viceroy, que salían cuatro pesos, los míos salían casi diez). Yo fumo Camel, es este paquetito beige que te digo. 
Y me dijo que eran de hombre. De hombre y no de mujer, quiero decir, de testículos. De barba crecida y las bolas transpiradas. Fue el peor insulto que pudieron haberme dicho jamás y lo puteé. Sí, lo puteé con la prepotencia de mis hormonas a ver si esto te parece de hombre, pendejo. Soy muy sensible. Me largué a llorar como una caprichosa y le pegué un cachetazo tremendo. Yo en mi llanto. Le dije cosas horrendas imbécil, engreído. Se disculpó forzosamente no fue para tanto. No le parece. Y yo nunca tuve ninguna forma hermosa ni poética, ni demasiados amigos ni demasiado éxito. Y ahora en lugar de vulva tengo un par de huevos con olor a meo. No le parece. Cómo no quiere que me enoje. Y es que sos un poco frígida. Ah, bueno, al menos solo un poco. No te enojes, no es para tanto, por algo nos casamos por más que seas. No, no le parece. Sabés a mí no me parece nada de lo que me estás diciendo, soy encantadora, soy una princesa. Soy una pendeja de mierda y tengo los ovarios llenos, llenísimos de insultos con tu nombre pegado como con flema. Así de repugnante y te lo digo: soy una puta princesa. Y sabés qué, quiero que lo sepas: el hombre que te estás cogiendo se cogió a otro tipo cuando no estabas, otro tipo que me ve sin testículos.

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