martes, 28 de agosto de 2012

Ángeles (2009)

Un angelito que vuela con alitas de oro y cae, otro más detrás de él, y otro.

Reinas (2012)

Como insectos, cuelgan las señoras boca abajo y con los pies enredados en los hilitos babosos de la telaraña. Todas llevan vestidos finos y algunas tienen labios y uñas de color, ninguna lleva zapatos y sus tocados caen verticalmente gracias a la democrática gravedad.
Aquí debajo es un paraíso de monedas de oro y hebillas brillantes, hay también algunos anillos descansando en el suelo (son tan lindos que podría hasta comérmelos). El tejido casi translúcido cubre toda la cueva y los gritos de las damas hacen eco como cinco veces contra las paredes y pareciera que estoy oyendo una sinfonía de risas de niños, las miro desde abajo y se ven extrañamente triangulares, como botellas colgando del techo de una bodega para ser bebidas en años por alguna señora que cumpla con el target de las que arriba cuelgan.
Lo que más me gusta es ver cómo entra el sol por los agujeros que salen al exterior (que creo que son casa de esas hormigas que son negras y de posaderas bien abultadas) para atravesar la telaraña en rayitos minúsculos de luz que se chocan entre sí y contra las joyas de las viejas, disparándose hacia otro lado donde vuelven a chocar. Es un espectáculo de luces blancas, finitas como un láser, que vuelan y se vuelven a tal velocidad que es imposible percibir el movimiento, solo se ve una imagen luminiscente de líneas estáticas que se entrecruzan, pero es asombroso de todas formas.
La luz descansa ahora sobre las monedas y piedras del piso y las señoras no dejan de gritar. Me gustaría calmarlas pero sé que gritarían más si me acercase. No sé por qué teniendo sus sacos de piel de búfalo, Yeti o de lo que sea, les asusta que les alcance una mano o que juegue con ellas, mi piel es tan suave como cualquier abrigo, y estoy viva... eso lo hace más sano ¿no? A veces toco con mi pata primera izquierda la cabeza de alguna de las señoras para que puedan caer sus tiaras, pues noto que les molesta tenerlas clavadas en el cráneo o pegadas en el pelo, pero nunca agradecen, sólo lloran y gritan.
Nunca quise hacerles daño, no me gusta lastimar a la gente. Es que se ven tan bonitas y bien vestidas, tan señoras, tan ladys, con esos ornamentos de aire cursi típicos de su estamento. Casi ni siquiera las toco, lo juro, tampoco les hablo, solo las ato allí como si fueran larvas para ver cómo brillan y se menean de izquierda a derecha como un péndulo. No saben apreciar que yo, en realidad, estoy logrando que se luzcan, que iluminen y sean iluminadas con toda su bijou de plata y piedras preciosas. Las resignifico, y ya no son ni princesas solteronas ni señoras burguesas gordas y aburridas... pero no lo quieren creer, prefieren ver que una tarántula gigante las está atacando y se las va a comer. Y es tanto el rechazo que le tengo a esa idea de mí misma y a las viejas que lo mismo piensan, que me estoy enojando; y, por eso, no yo, sino mi enfado, las va a atacar y se las va a comer.