Inspirado en la película basada en hechos reales Blow (2001), dirigida por Ted Demme.
Rejas, entre cada una hay veintitrés centímetros, excepto entre la octava y la novena, ahí hay diecisiete; en total son veintiuna, sin contar las de la puerta, que ya debe estar oxidada de tanto estar cerrada.
Números, ¿Acaso abarcan todo?, a la gente sólo les importa eso: "¿Cuántos años tenés?", "¿Hace cuánto que fumás?", "¿Cuánto dinero ganás?", ya no alcanza lo que verdaderamente importa, uno podría decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente" y nadie se la imaginaría... Deberíamos decir "Vi una hermosa casa con ladrillos en el frente cuyo precio es de ciento treinta mil dólares", y recién ahí admirarían su belleza.
En 1994, sentenciado a treinta años de prisión, Kristina Sunshine era muy pequeña (de hecho, para mí lo sigue siendo). En fin, los números me condujeron hasta acá, los números em van a sacar.
Desde pibe lo supe, seis de agosto de 1942, ese día arruinó mi vida, ese día comenzó y a la vez terminó. Mis padres, como agua y aceite:
Papá trabajaba para hacer feliz a Mamá, Mamá mandaba a Papá a trabajar. Ella chillaba de nervios, él tenía tres empleos, yo estorbaba. Massachusetts no era lo mismo, terminé la secundaria, como casi nadie lo hacía en aquella época, y marqué territorio en Miami Beach.
El verde abundaba, dólares, miles y millones; Mamá orgullosa, Papá indiferente.
En mi mejor momento caí en una suerte de pozo sin fondo, perdería a la única persona que amé realmente, además, en un segundo plano, me encerraron, por primera vez.
Huí y compartí con ella sus últimos días. Estuve solo, mis colegas habían desaparecido así que volví a casa. Papá me recibió con un Jack Daniels (su whiskey predilecto) y un abrazo fuerte, Mamá telefoneó al 911.
Años en prisión me ayudaron a reflexionar, pero en mi último mes en tal calvario, conocí a Pablo, un mágico (así los llaman en Colombia). Me abrió los ojos, después de todo ¿Cómo sobreviviría sin The Business? Peor aún, con antecedentes semejantes encima.
Salí y me uní al Cartel, ahora nevaba, aún en Bogotá. Pablo me llevó a la cima, tanto que bajé al resto. Nació Kristina Sunshine Jung con la misma mirada de la mujer del Boss, no era casualidad. Dejé de ser el Americano para reemplazarlo, mis contactos eran más fuertes que los suyos, al igual que mi carácter e ingenio.
Tras una emboscada, me retiré definitivamente del oficio, no podía criar a una nena en esas circunstancias, pero las cosas empeoraron: Ella chillaba de nervios, Yo tená tres empleos y Kristina estorbaba. Sufría, ahora entendía al viejo: quería pasar más tiempo conmigo, al igual que yo con ella.
Hice un último trabajo, me ensucié las manos por última vez, quería viajar con ella a California. Uno de los míos me entregó, en el '94; hasta ahora y más, (si llego a los setenta y dos) en el 2015 voy a salir, setenta y dos es poco, pero a la vez, poco probable.
"Some people are Movie Stars, some people are Rock Stars... I am a Drug Star."
miércoles, 25 de febrero de 2009
Mente (2008)
El cielo estaba tan cercano, alzaba mi mano y mis dedos abrían suavemente las nubes, sentía como una tela de araña, brillante, abundante, suave, que al atravesarla con mis yemas, con un mínimo movimiento, me llevaba a otro cielo, aún mejor y más alto, más celeste y grande, más lindo. Miraba hacia abajo y me extrañaban tantas cosas, ¡Todo se veía tan pequeño!, veía las callecitas angostas que se ensanchaban al cruzar la General Paz, nunca lo había notado, debe estar bueno tener un rascacielos para observar tales detalles, los perros parecían cucarachitas, las cucarachas, hormigas, las hormigas, partículas subatómicas, y pensar que hay tantas y ni se ven las pobres. Cuando uno mira el cielo desde la tierra, un día de enero como hoy, ve un celeste hermoso y perfecto, las nubes delineadas de un blanco perfecto, el sol desparramando colores y luz, todo perfecto, pero, cuando uno ve la tierra desde acá arriba ¡Dígame que se imagina lo lindo que es! Todo chiquitito, imagínese, cuando Usted ve a un niño pequeño seguramente se le escapa el corazón del pecho, ¿No es así? Imagínese ver todo un mundo pequeño, ni con un avión se podría ver todo junto, y con esta perspectiva... ¡Y aún me faltaban kilómetros por subir! Ay, yo me imaginaba una esfera redondita, como una canica o una perla quizás, azul y verde, o quizás más blanquecina, por las nubes, sobre un fondo azul muy oscuro como el cielo de noche del campo, que brilla más que ningún otro, ¡Y estaba en lo cierto, pero no sabía la intensidad de la cosa! El cielo, ¡Nunca vi belleza semejante! oscuro como la noche, aunque fuera de tarde, de noche, de mañana, oscuro, oscuro como un diamante negro, ¡Un diamante en bruto! Pero se me terminó la función, ahora veo todo más feo ¡Más feo que cuando estaba en pie aún! Miro hacia arriba, tierra, izquierda, tierra, derecha, tierra, abajo, tierra ¡Tierra, tierra, tierra! Supongo que el que juzga es justo, y por eso juzga, y por eso nos manda acá o allá, ¡Maldita seas, divina justicia!
Non Pacific (2008)
Inspirado en la canción Non Violence (2008), creada por Gonzalo "Milhouse" Palacios.
La marea subía por las noches, calma, no se veía afectada por el viento, que soplaba fuerte contra las velas del Non Violence; una música se proyectaba contra ellas, delicada, pero aún así, Ella la creía un chillido de la naturaleza en altamar. Los agudos de las gaviotas madrugueras complementaban la dulce canción, y sus órdenes de comando la hacían sonar aún más expresiva y melodiosa. Él hasta sudaba por su humilde cantar, y por los rayos que el sol echaba como lanzas a su espalda, Ella lo miraba fijo, y las lanzas se clavaban en sus ojos, reflejándolos como dos diamantes azules subacuáticos, que sólo eran un par de ojos grises para Él. Ella no oía la música que creaba al ordenar dirigirse a babor, con ayuda de la brisa oceánica, y Él no veía cómo el sol penetraba el iris claro de sus ojos.
Y no había un destino, ni un punto de partida: sólo un viaje; no había un algo en común: sólo un navío con velas y una botella de ron a medio tomar; no había, tampoco, sentimientos encontrados, ni historias por contar: sólo un escape de la justicia y la ciudad. No eran piratas, pero sí foragidos; No eran prófugos, pero sí escapaban de un pasado secreto para el otro.
No creían en el amor en sí, pero sabían con certeza que esa era la solucion a cualquier problema que se presentase en el mundo. Ambos sabían la respuesta al sueño de un pensador o músico, del sueño de una escritora o artista plástica, de cambiar al mundo: el amor. Aquel amor que los inspiraba a todo lo que hacían, pero nunca habían experimentado, que era confuso, y a veces hasta erróneo, aquel amor que era inconfundible.
El sentimiento más terrorífico que habían sentido al verse, el temor que Ella sintió al rozar su piel aquél verano en el Pacífico que le impedía escuchar la maravillosa música que su voz proyectaba contra sus ojos, que los hacían brillar como perlas y que Él no veía, porque estaba aterrorizado desde que acarició su pelo a la luz de la gran luna que se reflejaba en el océano. El susto que se pegaron esa noche en el Non Violence, juntos, que les dió miedo, un miedo nuevo que nunca habían sentido ni en sus corazones ni en sus cuerpos, y que aquella primera vez habían conocido.
Sus ojos brillaron y Él lo notó por primera vez, gritó -¡Tierra!- y Ella lo escuchó cantar; y el viaje había terminado, junto con el ron y el escape. El continente los alejó, pero siempre tuvieron miedo del retorno del otro.
La marea subía por las noches, calma, no se veía afectada por el viento, que soplaba fuerte contra las velas del Non Violence; una música se proyectaba contra ellas, delicada, pero aún así, Ella la creía un chillido de la naturaleza en altamar. Los agudos de las gaviotas madrugueras complementaban la dulce canción, y sus órdenes de comando la hacían sonar aún más expresiva y melodiosa. Él hasta sudaba por su humilde cantar, y por los rayos que el sol echaba como lanzas a su espalda, Ella lo miraba fijo, y las lanzas se clavaban en sus ojos, reflejándolos como dos diamantes azules subacuáticos, que sólo eran un par de ojos grises para Él. Ella no oía la música que creaba al ordenar dirigirse a babor, con ayuda de la brisa oceánica, y Él no veía cómo el sol penetraba el iris claro de sus ojos.
Y no había un destino, ni un punto de partida: sólo un viaje; no había un algo en común: sólo un navío con velas y una botella de ron a medio tomar; no había, tampoco, sentimientos encontrados, ni historias por contar: sólo un escape de la justicia y la ciudad. No eran piratas, pero sí foragidos; No eran prófugos, pero sí escapaban de un pasado secreto para el otro.
No creían en el amor en sí, pero sabían con certeza que esa era la solucion a cualquier problema que se presentase en el mundo. Ambos sabían la respuesta al sueño de un pensador o músico, del sueño de una escritora o artista plástica, de cambiar al mundo: el amor. Aquel amor que los inspiraba a todo lo que hacían, pero nunca habían experimentado, que era confuso, y a veces hasta erróneo, aquel amor que era inconfundible.
El sentimiento más terrorífico que habían sentido al verse, el temor que Ella sintió al rozar su piel aquél verano en el Pacífico que le impedía escuchar la maravillosa música que su voz proyectaba contra sus ojos, que los hacían brillar como perlas y que Él no veía, porque estaba aterrorizado desde que acarició su pelo a la luz de la gran luna que se reflejaba en el océano. El susto que se pegaron esa noche en el Non Violence, juntos, que les dió miedo, un miedo nuevo que nunca habían sentido ni en sus corazones ni en sus cuerpos, y que aquella primera vez habían conocido.
Sus ojos brillaron y Él lo notó por primera vez, gritó -¡Tierra!- y Ella lo escuchó cantar; y el viaje había terminado, junto con el ron y el escape. El continente los alejó, pero siempre tuvieron miedo del retorno del otro.
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