Al fin y al cabo disolverse es hacerse más pequeño, o inmenso. Porque siempre hay que disolverse en algo, como si se tratase de una clonación descolorida. En mi caso particular prefiero ser ese aposento: me gusta más el lado observador, por eso siempre estoy esperando a alguien que me haga nido de la desatomización, que me comparta, que me diga. Tengo la espera al acecho y me está abriendo la herida. Ahora lo digo así nomás, con el cafecito en el escritorio, porque hoy tengo la tranquilidad intacta. Pero, mirá, un beso ya me enferma, y hasta podría decir que tan solo una palabra me alza y me construye. Y después me tengo que encargar de derrumbarlo todo sobre mí misma. No sé cómo te explico la soledad, la ventana abierta y la puerta tapiada, el eclipse. Esa lunita que se hace la brillante es otro tema. Y pienso, pienso en todo eso del hospedaje. ¿No es el eclipse el más bello de los fenómenos? La oscuridad de la noche, la paz del cementerio, el cafecito. La neurosis amansada y el café delicioso, la herida en la taza bebiéndose.
La vuelta al útero me intoxica, revuelvo con el dedo la taza negra para sentirme viva. Se enfrió muy rápido esperándome, como si supiera la casa entera lo que es la agonía. El pensamiento se hace demasiado tangible en el ritual de las siete de la tarde. Y quizás mi nombre ha de ser el sol de la noche, la causa del nacimiento siendo efecto del acto horrible, las piernas casi cerradas entrándose al impulso. El café tiene siempre la herida consigo en el nombre y en el documento: lo sirvo amargo y lo bebo frío, y en la ventana nocturna se proyectan la identidades del grano. Hay que perderse en el pasillo a la cocina antes de llegar la luna y aullarle al cariño como un perro a ese sabor dulce inexplicable que tienen de hipócrita las cafeterías, y arrastrarse a la noche mordiéndose el rabo que podría tenerse, esa extensión de la columna baja como una escalera a la infancia, de donde no se vuelve nunca, implícita en el vacío de la taza.