lunes, 18 de septiembre de 2017

insecticidio

No soy yo, es la primavera fría y nocturna la que predice un verano vacío. Hoy quise ver el sol con mi ojo astigmático y vi mi nombre nublado y triste, y la tarde padeció toda la ternura y palabra de tus dedos. En este septiembre florece todo lo que puede, la invalidez por ejemplo, y lo que no siempre queda latente como tu compañía. En el norte del norte la gente se suicida porque todas sus noches son ésta y se retuercen como pichones que nunca llegan al cielo.
Quise alimentar la única parte tuya que dejaste en mi casa e inexorablemente tus gusanos habían muerto como si hubiera concebido y acabado una misión traicionera. Mi meta no fue sobrevivir a la naturaleza, fue ultrajarla, escribirle poemas con flores arrancadas, porque así construí mi lugar en el mundo. Tejí incesante mil poemas invisibles entrelazados con silencios elaborados y te regalé así mi insecticidio, intentando convencerte de que lo mejor de mí era mi fase quieta.
En esta crisálida me preparé para lo incorrecto: dormí inventándote como las mariposas que no cumplen el ciclo y se limitan a reventarse contra las paredes cavando en sus cunas su propia sepultura, me diste alas y me las pegué con palabras clave haciendo una descripción secreta de una mujer incierta y un llanto inexplicable. Y ahora que oscurece entiendo por qué las larvas que consumen y fulminan lo dulce de las cosas acaban siendo moscas revolviendo la basura y no magia en mariposa, y sé que lo que me diste no se largó a volar nunca porque supe desaprovecharlo.