Salado, profundo, oscuro: palabras simples para describir un océano como el de hoy, salado, profundo y oscuro. Oscuro sobre todas las cosas, aunque sería iluminado, como todas las noches, por aquel redondo y perfecto claro de luz, aquella luna que, por más lejana, era absolutamente penetrable con la vista.
Un paisaje admirable, un mar salado, profundo y oscuro, una luz intensa, arena fina y fría, tranquilidad y soledad. Soledad interrumpida dulcemente por las olas serenas, abiertas, desnudas, vírgenes.
Una luna calma, tiesa, de bordes esfumados como con dedos de lluvia, yacía ahora en el cielo, redonda y perfecta, sobre un manto profundo y oscuro de agua salada. Se podía inhalar el aire, tan puro como el vacío mismo, me invité a hacerlo, me gustó sentirlo, pero más me gustó soltarlo desde el diafragma.
Solté el aire, solté mi sombrero, mi sobretodo y mi blusa, me descalcé, me liberé de todas mis pieles y sedas, sonreí y volví a mí. Miré mis pies y bailé, épaulement, allégro, révérence, a la orilla. La espuma pronto me sacudió por dentro, el agua me congeló la raíz de las uñas y subió a enfriarme el sexo, luego, un beso frío en el hígado, el pecho, el corazón, la garganta.
Lancé un grito mudo mientras se me enredaba el pelo, me rodeé de corales y algas silvestres, en mis manos se posaron un virus y una sirena, y de mis dedos creció arte.