De quebrantarse se hace el filo del consuelo. Puñal. Cuchilla con c de herida, de engranaje seco, de llanto último. De grito, desgarro. De odiar al se pueda como se pueda, para adentro como naciéndose un verso de tormenta. Como verse, abrir los ojos hasta estallarlos, romper espejos rayar la nada. Como ser vampiro de la propia sangre, una fotografía forense. Derrumbe en medio del océano, poema sin comienzo, lectura transversal del dicho propio. Curtirse, en parte, y morderse, saborearse. Hacerse eco de una partida, abandonarse hasta la incertidumbre.
Esta mañana me desperté perpleja, como si hubiera pasado la noche con un desconocido. Como si hubiera del otro lado de la cama (y como si ésta tuviera un contrasentido) otra yo que no me quiere. Y mi versión repugnante, deshecha de la misericordia, malnacida, no lo hace. Pero en esta casa no hay remedios imposibles: duermo sola, como quien arrulla a un niño ciego. Y recordé el café haciéndose vacío en el estómago y al bebedor de la taza insostenible. Y subí el volumen de lo que sea que haya acabado con mi silencio para partir del sitio que no me pertenecía al medio día o día entero, haciéndome pasar las horas entre agujas negras, arcilla de la arena.