lunes, 6 de octubre de 2014
Desgraciada
Puedo decir muchas cosas de mí misma. Puedo decir el ego porque existe. Tengo la cabeza por sobre el cuerpo, muy bien anclada. Me gusta esa palabra. Una vez me dijeron que soy mujer de pelo recogido. En verdad tengo el pelo suelto, así me levanto todas las mañanas. Puedo decir que soy mujer y que tengo cabello, y que lo ato porque me gusta más así. Lo ato minuciosamente en el ritual de atarse el pelo. Primero me vuelvo como haciendo una reverencia y dejo caer los mechones. Acto seguido tomo toda la cantidad con las dos manos entrelazándome los dedos cerca del cuero cabelludo. No me encanta la palabra cabelludo pero es menester usarla en este caso. Termino con una torzada fuertísima que me hace doler el encéfalo adentro y la enredo sobre sí misma para hacer lo que se dice un tocado impecable que ato con un elástico. Abajo tengo la cara. Dos cejas separadas por muy poco espacio, tupidas, legítimas. Dos ojos que no perciben mucho sin las gafas atornilladas a las orejas, una nariz que no dice nada y una boca que nadie está besando. El color de los ojos no importa y podría omitir la boca porque podría vivir sin ella, pero está pegada a mi cara y quiero hacer una descripción objetiva. De la boca no sale más que un "buenos días", "perdón" o "gracias". Adentro hay un paladar abierto porque uso un aparato dental mientras duermo, la lengua es dulce. No le pongo azúcar a nada. La oclusión es atípica. A veces entiendo a mi campanilla como demasiado larga, emito sonidos muy agudos. Por la garganta me pasan un montón de cosas y humo porque fumo muchísimo todos los días. El tabaco hizo únicos mis pulmones, no sé cómo son pero los siento inmensos, como si el tórax insuficiente. Como si estuvieran por salírseme por la espalda, que no tiene casi nada de carne. Se ve mi espalda como putrefacta, como si fuera demasiado desnuda. Lo mismo ocurre con el pecho. Mas abajo se llega a la parte sensible, poderosa. No me voy a poner a describir mi vulva porque sería casi pornográfico y no me gusta mirarme el pecado. Una vez vi cómo hacía la vida. Muchas veces vi cómo se hacía la plegaria de los imbéciles. Bastantes, suficientes. La realidad es que ya no me gustan los hombres, las mujeres nunca me gustaron. No me gusta cómo se entumece lo que se dice materia gris. Soy una conchuda, no lo voy a negar. Sólo sé que la próxima vez que le abra las piernas a la muerte voy a elegir un encéfalo, que no me diga "qué bien que la pasé". Qué carajo me importa, yo la pasé como el orto y vos sos igual de pelotudo que tus precedentes, tenés los mismos órganos en el mismo lugar del cuerpo y no significás un alma. El mundo está lleno de desgraciados. Las piernas no me importan.
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