Lo único que conservo de la infancia es la pesadilla, el sueño de la muerte pequeña. Corro a mitad de la noche a hundirme en la cama de mi padre difunto papá vas a volver para mi cumpleaños y le pregunto si puedo dormir con él y me deja espacio entre él y mamá que siempre me dice que sí y no hay motivo para despertarla. Bueno, sí que tengo razones para despertarla pero no es buen augurio pedirle cosas imposibles o que no le interesan como dejarme o no veinte centímetros para dormir a su lado. Ellos duermen con todas las luces apagadas y el colchón es bastante ancho. El colchón es mi abismo, ahí me hundo ya lo dije antes. A la mañana siguiente me despierto y estoy sola en mi casa pero en mi cuarto están mis muñecas y en la biblioteca están Lucas Lenz y la obra de una mujer que se llama Agatha, a partir de ahora supongo yo voy a ver un poco de misterio todos los días por los próximos quince años. Dentro de quince años voy a ser un misterio. Voy a ser exitosa y amada y también exótica misteriosa un ejemplar. Entonces suena algo que parece el teléfono y pienso en que no dudaría la procedencia del ring ring ring si estuviera haciendo otra cosa y me despierto del sueño para atender el llamado. Cuando llego al comedor deja de sonar porque despertarse pararse correr conlleva más tiempo que algunos rings. Preparo un termo con agua caliente y le pongo hasta la mitad de yerba al mate de vidrio, prendo la televisión para darle importancia a algo y me encuentro sola en mi casa. Pero en mi cuarto hay un cuadro de Dalí y en la biblioteca están los Buendía y la obra de una mujer que se llama Alejandra.
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