lunes, 3 de noviembre de 2014

Alzarse

Cómo abrir la boca más de ciento ochenta grados sin desgarrarse un poco. A ver, hay que mirar un poco para arriba un poco las gárgolas de la Buenos Aires del siglo veintiuno, un poco más muertas que en mil novecientos y pico, y abrir la boca para llenarla de agua de lluvia. Así se hace tu arquitectura un poco oscura y un poco victoriana como esas faldas. Mi falda es más bien de niña gitana niña. Sin padres huérfana. Falda de huérfana. Y miro para arriba cómo vuelan los aguiluchos que trajo a la ciudad algún corrupto para que se coman a las palomas. Pobres palomas llenas de piojos. Y me crecen alas llenas de piojos. Y me queda la mandíbula antagónica y la falda más huerfana y las alas más muertas que las gárgolas catalépticas. Y soy un poco de náusea pero sigo teniendo estos ojitos de la infancia que no pudieron mutilarme porque por inercia no crecí nunca. Aun conservo mi cuna con las sábanas rosas es el encierro. Y un poco sé volar destartalada porque sabés el smog le hace tanto daño químico a los niños. Y el cigarrillo. Y fumo un poco de todo eso del cigarrillo del caño de escape de los vehículos de los dientes la orfandad y los parásitos pero siempre alzo la cabeza levanto un poco la mandíbula y miro cómo llueve en los tejados con este par de ojos religiosos. Para escribir también hay que mirar un poco el cielo.

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