Estoy en la lista de los proscriptos. Mi apellido me condujo hasta aquí y, atada de manos, no logro pronunciar palabra alguna. Mis callosidades me protegen de las palabras que no digo, de las palabras que intentan asfixiarme, pero son suaves y me dejan amar. Y así como el buen guerrero vuelve sucio por su propia sangre, cada vez que escribo me mancho el pulso y las manos como si de tinta se tratase y quedan, sobre el papel, mis glóbulos azules desparramados y pisoteados por la continuidad de mis textos.
Descubrí que puedo morir cuando quiero y resucitar si tengo la voluntad de hacerlo, y solo vivo hasta el instante que precede el último trazo en el que muero con mis líneas y así vivo, muerta, desde ese entonces hasta la primer palabra de un nuevo enunciado. Suena paradójico el hecho de vivir la vida plena pero muerto y solo vivir vivo en las penumbras de la cotidianidad, pero así es: yo vivo eternamente si estoy sangrando, como ahora, y en el abismal punto final, que no es final del todo ya que luego sigo viviendo, caigo súbitamente en una telaraña de silencios que yo misma tejí para amortiguarme.
Pero morir no me causa dolor, incluso podría admitir que le tomé el gusto a la agonía. Cuando estoy muriendo la frente me suda y tiemblan mis piernas, mis uñas se comen solas y hasta suelo llorar, pero siempre con la mano firme y plana, apoyada para arrastrar la sangre que me atraviesa el cuerpo hasta desembocar, a través de la pluma, en la hoja blanca. Y no duele, no duele nada. Me alivia el efecto catártico de escribir, es como vomitar los males, escupirlos, sangrarlos todos en palabras cuya significación me invento (suelo inventar palabras también) y que, en conjunto, de sentido carecen para el ojo, pero entiendo lo que escribo pues me entiendo a mí misma, y eso me basta para seguir haciéndolo. Además, al terminar, se evaporan las piedras de mis zapatos y pulmones y puedo, al fin, respirar sin contraer el tórax.
Creo haber mencionado las consecuencias de narrar con las manos, de todas formas me gusta destacar cómo el azul se fija en la base de mi mano derecha dejando espacios vacíos que hacen que mi piel parezca atigrada, al renacer y limpiarlas noto que aquellas líneas que le dan movimiento a mis manos no son más que sus propias vetas.
Es un poco triste terminar un relato... más aun lo es sabiendo que mis competencias limitan la extensión de los mismos y siempre, hablo en serio, siempre resultan breves. Es triste porque en el verso sueño, y de la prosa vengo y allí vivo, y la longitud es poco esperanzadora, mas trato de no afligirme en demasía porque sé que si está expreso vivirá entonces por siempre al menos en la memoria de mis pocos pero fieles lectores en potencia, y allí no moriré jamás ya que yo escribo y yo soy mis escritos.
En la angustia de los últimos párrafos llego a desesperar, la transición entre ser uno muerto y ser una viva mentira me llena de lágrimas la sien y casi no puedo respirar del sollozo que se amontona con el aire que intento exhalar, se me estanca la lengua entre los dientes y transpiro sal más que nunca, fuerzo los ojos para que no se duerman y me quedo tensa hasta el punto final, que está a quince fonemas de ocurrir.
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