domingo, 16 de septiembre de 2012

Sobre "La doncella de la triunfante figura" (2012)

Hallábase una plebeya bajo el frescor de los abetos. Solía pasar eternidades a la sombra de aquellos árboles ahogándose de prosa y metáfora, leyendo composición tras otra como si por ocio.
No quiero decir que era una Quijotea cualquiera, pues no lo era. La realidad es que las realidades la atormentaban. Su lectura era su refugio y quizás hasta su tesoro. De mente enciclopédica y endorada, se nutría de caballerías y se hacía de las bestias que se exponían en letras de pasta.
Aquellos libros eran su vida, aquellos monstruos eran, para ella, de lo más sintomático.
Fue así que la doncella adquirió (podría admitir que literalmente hablando) los caracteres de lo que la instruía. Era sus fantasías, era lo que alguien más escribió.
Destinataria de toda égloga y maravilla, se vio al espejo una mañana y se redescubrió a sí misma. Se había transformado en todas sus criaturas.
Mágica, metamórfica y triunfante, se lanzó de su balcón encolumnado en mármol y voló, con sus alas de dragona azul, hacia el manantial de las palabras, para conocer, al fin, a Lancelote y Amadís.

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