jueves, 28 de agosto de 2014

Sobre pertenecerse

Ser madre es serse ajeno. Concebir es hacerse amniótico, interno, profundo. Se debe sufrir hasta parirse con el otro, progresivamente. La náusea y el apuro hacen a las madres, el deseo queda como hundido en la zona lumbar, azotándolas.
Se pare como un final esperado, más como una tregua. Se pare durante horas, se agoniza, se llora: hay que retorcerse para hacerlo bien, hay que hacerlo sola para que no sea un castigo. Hasta la creación en las manos, en los pechos, en el tacto todo.
Después de la apnea ya no se llora por un instante: se entiende otra persona el castigado. Se enciende una luz entre la sangre de los ambos y el camisón blanco y se está completamente solo, inválido, en coma armónico. Solo existe un segundo de dos ojos que no se entienden y se llora calostro porque a dónde lo llevaron.
Los niños sufren a las madres, las necesitan. Las desgarran y apuñalan sin querer, como dibujando una pared. La simbiosis es instintiva para los niños, las madres los entienden como parásitos hasta que se caen de la cuna y entonces las lágrimas y es todo mi culpa. O hasta que se enferman y es todo mi culpa, o hasta que se van a jugar solos y no me quiere más. Entonces se entiende simbiótica, ajena, y muta indeleble.

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