jueves, 28 de mayo de 2015

Sueño

Cuento amantes saltando cercas, de precipicio en precipicio, del agua al fuego y del polvo al aire: así se hace la luna, de las pesadillas. E inunda insomnio, y el chirrido se abre abismo.
Esa es mi pavura: hacerme eterna, blanca y aparente. El único elogio para la luna es que no hay vida en ella, y le escribo, siempre, exenta del plano matándome en cada punto, salto y coma. Acerco lo más lejano al papel de imprenta, atino a escribir algo de exposición deforme, de sutura improvisada, como qué hubiera hecho en este sitio mi otra parte. ¿Qué hubiera hecho sino estamparme contra la pared como un escupitajo? ¿Qué hubiera hecho sino precipitarme? Preguntármelo. Y me invoco, como se invoca a Satanás cuando se tiene miedo, en hoja blanca y significándome, invoco mis muertos. ¿Quién es el peor, más dañino y más sutil? Mi espíritu manifiesta -atiéndase que no dije "observa"- movimiento celeste -tenue, porque yo me observo en detención caer y azul- y continúa argumentando todo lo que me oxida, para no heredar a mis hijos la carencia, la lengua cruda y el beso húmedo, el filo dulce de las buenas noches.
Y en el crujido de la mañana me encuentran como un cadáver la falta de sueño(s) y el sábado desaturado, el hombre adentrándose lejos de mi infierno, impune, y subyugada yo a lo que al cuerpo le concierne y la desconexión sináptica de las demás funciones, haciendo mi gracia animal de inventar la espera, ilusa en que podría más que proyectar mi agonía, ars amandi.

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