martes, 26 de enero de 2016

Anoche uno dos tres cuatro cinco y quizás seis tiros. Alguien gritaba mi nombre en la calle y yo que qué querés con el revólver desnudo en la mano. Qué querés decía, no tengo nada. Sol. Me llama al grito de Sol. No tengo nada en los bolsillos pero un arma de fuego e insultos bien guardados que para qué me llamás a mitad de la noche en medio de este sueño de cinco caídos en un campo de flores venenosas. Con espinas venenosas. Y me gritan y yo los disparos que no estoy soñando. No tengo nada solo esta ternura violenta qué querés no te enseñaron a hablarle a una mujer armada? Despacio se hace y suave. Como la primer nalgada a un recién nacido desinteresado del mundo, al devuelto a otra pesadilla. Dejá el revólver dice y también Sol sos tremenda. Reíte nomás vos que no dormís de noche, que se ría escurriéndose a mi sueño feliz de muertos que son seis y contando. La lista contando. Y el primero tu nombre tan rojo que duele encendido como el cirio a San alguno violador de certezas y virtudes. Pero yo te dejo vivir otros lugares, te escribo más adelante para que me odies otro poco y de otra manera. De todos modos quién soy para ahuyentarte tan rápido habiendo tantos invadiendo mi propiedad y más cosas propias, tantos que se entregan al dolor como si lo tuvieran merecido. Algo habrán hecho. Algo habré hecho para desaparecerme dejando la huella del fuego, la ceniza, sin arderme. Y vos que Sol que me calmás y que la música y que todo lo que digo suena a Camille Saint-Saens y que alucinante y excelente y todo lo que dicen los francos que no saben de desprolijidades ni de mis armas y mi ternura de león herido que arrastran los nombres que no quiero olvidarme.

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