domingo, 10 de septiembre de 2017

granizo

Hoy te despertaste antes que yo acompañando los golpazos de piedras en el techo, dejaste un desayuno real en la mesa y me esperaste, como se supone se esperan a las personas reales. La alarma sonó prediciendo mi rutina invisible, 24 7 inexistente, y apagó los segundos en los que logro ser un grito y maldecir, o un susurro haciendo preguntas que nadie responde. Me acerqué pero tu cuerpo nos dolía como una puñalada en la espalda. Había tomado la decisión de dejarme atravesar por todas tus palabras, sin dejar ninguna anclada en ninguna parte de mi fantasmagoría, porque mirando en otra dirección no se puede leer en voz alta. Hablar de mí no se puede y menos a estas horas, principalmente porque soy silenciosa, y en segundo plano porque no te dejo. Mis madrugadas son desconocidas, las mañanas, el café y mis tostadas, pero hoy vos las dejaste en la mesa y volví a la tierra por un segundo, me las comí todas y quise más, y quise tantas tostadas como tiempo me quedaba para ser mujer, y cuando se acabó mi insistencia fumé un cigarrillo y me fui. En la calle la lluvia se lo había llevado todo, el colectivo pasó rapidísimo haciendo de cómplice para mi huída, lo tomé y deseé no tener que bajarme nunca. Caminé hasta mi casa mereciendo empaparme de lágrimas de otro, y llegada encontré un vacío incontrolable. Me puse a bailar con él desesperada buscando consuelo, apoyé la cabeza en la mesa y pensé aturdida: esta tormenta es lo mejor que puedo hacer. Mi primer quehacer fue liberar los gusanos que escondí en la biblioteca, pero todos estaban muertos. Levanté papeles del suelo, encontré cosas tuyas que te saqué mientras me mirabas y nunca quise devolverte. Te encontré en todos los rincones esperando que te dijera algo y me quedé callada mientras seguía no haciéndome cargo de todo lo que había abandonado. Me senté a escribir, quería inventar algo que me hiciera salir de esta decepción, y lo único que logré fue emprender mi regreso al único lugar que conozco.

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