Un caligrama vivo bajo la luna tan blanca como la luna porque no hay nada que se le asemeje. El cielo que se bifurca y mis ojos siguiéndolo indignados, buscando verso, buscando prosa: no hallan ninguno.
El hombre de contornos líricos iluminado por cierta esfera celeste (dicen que la luna alumbra más en la provincia) espera, quizás, que lo encuentren. La realidad es que no sé qué espera, pero yo lo estoy buscando y solo espero que me esté esperando. Aclaro que nunca me gustó repetir palabras pero me era necesario, y a él lo repetiría doscientas o infinitas veces.
Ando precisando un poema que recitar, saben. Creo que es posible la perfección literaria de ciertas personas. Las composiciones ajenas ya no bastan y algo mío quiere posarse sobre algún algo de alguien más. Algo original. Y el poema que la luna refleja más parece un dibujo, una figura que inspira.
A falta de papel se puede escribir sobre cualquier cosa. Pero el artista, como es menester, elige su superficie haciéndola acordar con lo que quiere enunciar. Y yo no puedo escribir sobre la luna, y lo más astral que tengo a mi alcance es su luz que, ahora, no ilumina más que a quien la está mirando.
Entonces quiero escribir sobre él (tópico) sobre él (superficie).
Y no costará tanto como imagino: el hombre está casi escrito. Es tan puro que se puede moldear con las manos siendo soluble en agua (me gusta pensarlo en el agua, sobre el césped, bajo la luna). Existe, sólo necesito encontrarlo, o quizás está en todas partes...
O quizás tan adentro mío que la poesía es buscarlo con los sentidos.
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