Te bajaste del coche con un despropósito tremendo, me miraste lo impenetrable y me dijiste, porque sabés lo mucho que me gusta ser una palabra tuya. En la radio sonaba esa canción que dice en el estribillo que no se puede, no se puede, y nunca se pudo. Entraste a tu casa, seguramente tomaste un vaso de agua antes de irte a la cama. Yo cerré la puerta y me fui al demonio.
No creo en anagogías pero está lloviendo bastante fuerte como para no llorarte. Y para detenerse hay que hacerlo, un poco para curtirse y un poco para olvidarte, porque no hay nada mejor que la ignorancia para acaecerse. Las despedidas tienen su historia ensimismada, no me hace falta decir nada mientras pongo tus restos en la bolsa de basura, todos supernumerarios: desde el cepillo de dientes hasta los hijos que no hemos criado. Es que si hubieras querídome más que de los huesos hacia dentro no estaría descarnándome de esta manera. Ahora así reversiono la taxidermia, nuestros deshechos revueltos en el mismo cesto y tu piel con demás mujeres, y yo haciéndome otra a golpes de letra y palabra, de insulto.
Hay algo en la segunda persona (vos) que está siendo en otra parte que no quiero saber mientras me enredo en el pretérito que fuiste (fuimos), y eso tiene más de un sentido válido. La ruptura es de esas curiosidades de vitrina, el ejemplar masculino en perfectísima disección y la hembra orgánica en accidente histérico sabiendo bien dónde: en el maldito. Los errores se cometen y se nos son cometidos pero ahora soy inadmisible y vos, abismo. Y me pierdo, porque rompiendo tus cosas estoy rompiendo también las mías (es cuestión de identidades) y la soledad cobra otro sentido cuando es no-estar-con-alguien. Es imposible codificar quién de los dos es más pérdida, aunque no quiero decir que esto es una contienda.
No sé discernir a la perfección la humanidad de los procesos espirituales: ya no queda nada. No puedo deshacerme del mobiliario subnormal que alguna vez hayas tocado porque no estoy cavando mi propia sepultura, la cama está aun en el cuarto disfrutando el vacío, y yo mirando la luna indeleble para remediar el flagelo.
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