Dibujando como un niño al infierno vivo, sin padres golpeándolo más fuerte que un vaso de vino, sintiendo el puñetazo del alcohol frío en el estómago y naufragándose con el mundo. El niño que ya había crecido y ahora no era más que eso (ilusión de infancia absoluta en un cuerpo adulto) se hacía a un lado de la muerte para definirse tan vivo como inédito. Y se daba una y otra vez en cabezazo con la hoja blanca, una y otra vez la tinta negra en atentado consigo.
Dormir la nada, amanecía. Y el adulto en insomnio se desvanecía con el día (así el sol no saldría jamás). Pero le penetraba por los ojos el saberse en otro momento, que existe sí, o que no existe cuando no se percibe. Y no era para nadie lo que no le estaban siendo, dormía.
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